Dentro de la literatura chilena contemporánea, sin duda, de que el nombre del escritor Francisco Rivas (Paine,1943) ocupa un espacio singular con una obra literaria consolidada y con un proyecto narrativo sumamente interesante, que tanto la crítica académica como la de los medios de comunicación han demostrado en el transcurso del tiempo. El autor no sólo ha cultivado la novela, sino que también es un sobresaliente cuentista donde resulta ser un maestro. En el contexto de la literatura chilena del siglo XX y XXI, Rivas cronológicamente emerge en lo que el crítico José Promis ha denominado el programa narrativo de la novela de la desacralización, cuyo referente inmediato es la creación ficcional originada a partir de la fractura histórica que se produjo con el Golpe militar de 1973. En este sentido, la novela titulada Martes tristes (1987) es sintomática para comprender y entender de qué se trata la escritura de los autores chilenos que experimentaron el exilio interior y el exilio exterior durante los años de la dictadura. Desde aquella novela, el nombre de Francisco Rivas comenzó a posicionarse como un escritor de una imaginación desbordante donde confluyen diversos códigos narrativos y otros fenómenos escriturarios -como la intertextualidad o el palimpsesto, por ejemplo- al interior de las historias narradas que ponen al potencial lector en una narratividad atrapante -ya sea que entremos en una novela o en un cuento-. Inicialmente Rivas por razones extraliterarias -fundamentalmente para eludir la censura y la persecución políticas- escribió como Francisco Simón, luego como Francisco Simón Rivas y finalmente como Francisco Rivas. En otras palabras, estamos en una suerte de escritor que tiene heterónimos. Esto resulta interesante, pues precisamente uno de los códigos narrativos de su creación imaginaria es el fenómeno del lenguaje o de lo lingüístico en el desplazamiento de las tramas.

La reciente novela de Francisco Simón es La Biblia condenada. Una historia al margen. Es una reedición de la que llevó por título lo que aparece ahora como subtítulo. Aquella es del año 1994. En una Nota editorial se nos explica el porqué de esta nueva emergencia del texto literario: una historia ficcional dentro del género narrativo y en la especie llamada novela, donde Francisco Rivas incursiona en una temática que dice relación con el tópico de la escritura y de la canonicidad de esta. La novela aparte de la Nota del editor lleva un prólogo escrito por mí donde este se transforma en un paratexto o epígrafe ampliado en que damos algunas directrices sobre el texto. En el caso de una novela como la de Francisco Rivas, el ejercicio de lectura nuestra lectura trae aparejado dos antiguos procedimientos para ingresar en la textualidad -y que usaban los medievales, especialmente en el estudio de los textos bíblicos-. Estos eran la exégesis y la hermenéutica -que están presentes en el trasfondo de la trama narrativa creada por Rivas-, y que consistían en aquella lejana época en un estudio de las formas escriturarias para llegar luego a la interpretación de estas.

Este ejercicio realizado por los monjes en una abadía en el scriptorium como en la historia de la novela de Umberto Eco, El nombre de la rosa, llevaba a privilegiar y a desentrañar el sentido de la Biblia como un texto sagrado e inspirado, escritos en palabra humana por los hagiógrafos, pero que todo aquello que quedaba plasmado en la escritura era insuflado por el espíritu divino. De allí que el texto bíblico se considera escritura, pero en una dimensión distinta. Los autores sagrados -hagiógrafos- hicieron uso de los géneros literarios con el fin de explicar una historia que en la tradición judeocristiana es una historia divina dentro de un plan de salvación. Explico someramente esto porque el texto de Francisco Rivas es dialogante con dicha tradición para darle curso a un relato ficcional donde es factible apreciar una serie de cruces escriturarios -intertextualidad, se le llama-.

La novela con la que el receptor se enfrentará después de la Nota editorial y el Prólogo tiene un título desacralizador. Sin duda que entramos en el plano de la ficción novelesca y de los distintos elementos añadidos -como decía Mario Vargas Llosa para explicar el fenómeno de la escritura imaginaria. – La novela de Francisco Rivas se llama La Biblia prohibida. Una historia al margen. El texto del autor establece una idea matriz que tiene relación con una versión diferente de episodios bíblicos muy conocidos del Antiguo Testamento -que no señalaremos para que sean sorpresa para el lector-. Lo anterior está consignado por el narrador primario en el párrafo con que se ingresa al relato y que está fechado en 1989: “En todo caso era un intento honesto, por parte de un profesor de lenguas clásicas, por dar a conocer un hecho insólito sin causar escándalo”. El hecho insólito es lo que se nos advierte en el subtítulo: Una historia al margen. Los márgenes de los textos medievales en la escritura de copias servían muchas veces para que el copista hiciera anotaciones. Luego entrará la filología a desentrañar el sentido de la escritura marginal. Este asunto es desencadenante de la historia novelesca de Rivas. Por lo tanto, el relato va a desenvolver y a desplegar una historia donde el tópico esencial es la escritura y la canonicidad de una biblia alternativa -un lector informado recordará un cuento de Jorge Luis Borges donde el autor da otra versión, o la reescritura del Quijote, Pierre Menard, autor del Quijote-. El receptor de la novela de Rivas no debe perder de vista a un personaje llamado Aescenius Milagro y la anotación marginal en una biblia conocida por su nombre que “hizo sospechar a Martin Fornos que la historia tenía un revés, o que la historia podía haber sido mal contada y escrita o, que al menos había otra historia distinta”, y que el narrador principal data en 1949. Los segmentos de la novela están planificados sobre la base de la enumeración de años de diversas épocas. En consecuencia, el lector/a va a experimentar en el proceso de la lectura prolepsis y analepsis narrativas, en otras palabras, saltos tempo espaciales significativos en la configuración del relato donde la exégesis y la hermenéutica de un objeto escriturario que nos lleva a un protolenguaje y a la historia al margen de lo canónico.

La novela de Rivas es muy atrapante e interesante. El autor maneja con destreza la retórica literaria con una imaginación fulgurante donde el código de la investigación filológica alcance ribetes detectivescos con la omnipresencia de una secta peligrosa. En definitiva, el receptor entrará en su experiencia de lectura en un enunciado imaginario donde quedará entre las redes de la enunciación como en un jardín de senderos que se bifurcan o dentro de un laberinto de Creta que también es alternativo en la narratividad. O salimos o nos perdimos en la historia de Francisco Rivas donde el tópico de la escritura apócrifa también está presente. Una mención aparte merece la notable portada de la novela que como paratexto que es nos conduce hacia un espacio medieval donde un monje sostiene entre sus manos un libro que es el actante principal en el entramado narrativo. En la contraportada hay un acertado guiño a la portada de la primera edición realizada por Francisco Rivas Donoso. Una novela que se inscribe en el canon de la literatura chilena con esta nueva edición. El lector/a no quedará defraudado.

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