Valparaíso como un lugar geográfico e histórico, sin duda, que se encuentra dentro del imaginario de los ciudadanos de este país llamado Chile y que atrae a múltiples visitantes de diversas nacionalidades deslumbrados por este lugar que tiene un plano -o plan- y unos cerros que son varios donde se aglutinan sus habitantes. Con una bahía y vasto mar que se despliega frente al espectador, Valparaíso, encanta a cualquiera. Valparaíso con el tiempo se ha convertido en un verdadero cronotopo en la literatura y en el arte en general. Como no recordar en la música a Osvaldo Gitano Rodríguez con su Valparaíso –“Yo no he sabido de su historia, / un día nací allí, sencillamente. / El viejo puerto vigiló mi infancia/ con rostro de fría indiferencia”-. O en el Séptimo arte, el Cine, el inolvidable filme Valparaíso, mi amor (1969) de Aldo Francia. Y también La joya del Pacífico una popular canción de 1941 –“Eres un arco iris de múltiples colores/ Tu Valparaíso puerto principal…”.

En la literatura el puerto de Valparaíso ha sido tematizado de variadas formas escriturarias. En la narrativa cómo no recordar a Manuel Rojas en Lanchas en la bahía y, principalmente en su icónica novela, Hijo de ladrón donde la ciudad es el espacio no solamente geográfico sino el vivencial o existencial en que acontecen los sucesos narrados. Sobre este tema de Valparaíso en la literatura se han escrito muchas páginas en el devenir del tiempo. Lo interesantes es que la ciudad puerto se convirtió en un eje estructurantes de modulaciones discursivas en distintos modos de aprehender la realidad, es decir, en diversos formatos. Desde que José Victorino Lastarria escribiera la novela Don Guillermo (1860) -la primera narración novelesca moderna en el Chile del siglo antepasado- con un protagonista inglés, don Guillermo Livingston, quien por los avatares de la aventura va a dar a un espacio a través de la Cueva del Chivato denominado Espelunco, Valparaíso quedó instituido como un tópico escriturario. Dentro de los márgenes de esta tradición es que se inserta la reciente obra del escritor Diego Rojas Valderrama (Valparaíso, 1987) titulada Relatos del Puerto Fantasma.

La portada de esta colección de relatos de Diego Rojas Valderrama es significativa para comprender el trasfondo de las temáticas que se desarrollan en las narraciones. Cualquier lector que vea la imagen se percata que se trata de un puerto noctámbulo donde están sus cerros iluminados y una iglesia que es reconocible, mientras en primer plano un hombre observa el espacio. Lo que sorprende al que mira la portada son unos entes fantasmagóricos que están allí como dando la bienvenida. La imagen construida sobre la base de la IA -me lo confesó el autor-, es una apertura hacia el puerto fantasma. Valparaíso será tematizado, por tanto, sobre la base de un imaginario que guarda relación con lo que Lastarria propuso en el lejano 1860. Un Valparaíso que tiene un doble plano. El tangible que se ve cada día y otro que está más bien sumergido. En otras palabras, quien ingrese en las páginas de la obra entrará como en la Cueva del Chivato a un mundo desconcertante dentro del imaginario de la ficción narrativa. Este entramado está tratado en uno de los relatos de Diego Rojas donde Lastarria es expresamente traído al presente del enunciado como en una sesión espiritista, asunto que también será llevado a colación en la narración. Llama la atención de que el autor no denomine cuentos a las historias contenidas en el volumen sino relatos. Esta palabra está hoy en día muy manoseada y sacada de su contexto literario donde tiene su razón de ser. No cabe duda de que entre ambos conceptos -cuento y relato- existe una correlación significativa, pues se trata de que nos enfrentaremos a una narración, a una estructura, donde se despliega una historia. Se trata, en definitiva, de una red construida sobre la base del lenguaje donde el narrador crea una realidad otra mediante los elementos añadidos a la realidad fáctica. El texto de Diego Rojas Valderrama desde el título con la portada nos ingresa a una imagen de Valparaíso como puerto fantasmal. El adjetivo calificativo no es arbitrario, sino que da la impronta discursiva a quien leerá. Un Valparaíso otro, ya no la joya del Pacífico.

Relatos del Puerto Fantasmal es una colección de catorce relatos de terror moderno. El libro es un acicate para entrar en unas historias donde prevalece una atmósfera ominosa y opresiva en que el lector podrá experimentar diversas sensaciones en relación con situaciones donde lo oculto y sobrenatural estarán presentes. Generalmente, los relatos muestran un narrador inserto en la historia, es decir, partícipe de los eventos narrados.

El receptor del texto no debe perder nunca de vista de que es el Valparaíso otro que se nos revela en las tramas desarrolladas que tienen distintas formas de expresión temática. El lector se desplazará por territorios tal vez ignotos donde podrá experimentar: “apariciones espectrales, sesiones de espiritismo, visiones de locura, muertos que vuelven a la vida y los sitúa -el autor- con talento y agilidad en plena vida actual de Valparaíso”, escribe en el prólogo Marcelo Novoa. Dentro del desarrollo de la narratividad, Diego Rojas Valderrama se transfigura en un actante o personaje más en más de un relato. Un fenómeno interesante de considerar porque en aquellos textos narrativos hay una suerte de poética discursiva, en otras palabras, de dónde deviene este interés por focalizar sus tematizaciones en espacios que transitan por lo fantástico, lo gótico, lo sobrenatural. Sin duda que hay lecturas previas detrás de sus modulaciones escriturarias de aquellos escritores que han incursionado por los mismos senderos como E. A. Poe, H. P. Lovecraft, Horacio Quiroga o alguno más reciente como Stephen King, como también de aquellas series de la televisión que se daban cuando el autor probablemente era un niño o adolescente. De este modo, entonces, podremos visualizar en los relatos el fenómeno de la intertextualidad, el diálogo constante entre los textos literarios y los otros formatos discursivos. Todos los relatos tienen una impronta especial siempre en el ámbito del puerto fantasmal. Vudú porteño es de antología en el modo en que se logra crear una atmósfera que desenvuelve una historia de una enemistad celosa; lo mismo acontece con las sesiones de espiritismos donde participan familiares de un héroe naval; José Victorino Lastarria y el famoso Espelunco se hacen presentes en un texto inolvidable donde la avenida Argentina parece ser un espacio faústico en sus entrañas; la poeta Ximena Rivera está también traída al presente mediante un verso -no sé si apócrifo-; un relato al igual de antología es Los mensajeros con Payo Grondona de por medio; o la presencia del gran reino de Tartaria, por nombrar algunos de estos relatos sobresalientes. Los narradores introducen al lector en el espacio otro, en relatos fantasmagóricos de un Valparaíso desconocido. En definitiva, Diego Rojas Valderrama nos demuestra en su escritura ficcional un oficio interesante de considerar.

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