Sintomáticamente, el poemario se abre con un poema que lleva por título Desierto de Atacama que está en las antípodas del espacio del copihue: “Busco nombres/ en el llano del tiempo/ donde la ventisca/ es la voz/ en los tallos de cobre/ de las flores/ colgadas en las cruces / del desierto/ susurro de cristales/ en las tumbas/ olvidadas/ en el zumbido/ de la tierra/ en el filo de su órbita/ por la galaxia/ bóveda de estrellas/ vagan chocan con los trumaos/ las cenizas de almas desoladas”
Texto e imagen, por Eddie Morales Piña. Crítico literario.
La lectura de este poemario de Virginia Ramos Poseck (Traiguén, Región de La Araucanía, 1949) de no más de cincuenta páginas, realmente es un acierto escriturario poético-lírico, por cuanto en el texto confluyen diversas constelaciones que le dan la urdimbre a lo tematizado. En otras palabras, quiero decir que el sujeto hablante -que en este caso es la trasmutación lingüística de Virginia- se desplaza a través de distintas motivaciones que dan curso a la escritura, a la poiesis, a la creación. En este sentido, el lector/a podrá descubrir una voz prístina y cadenciosa que con una retórica donde las imágenes poéticas resultan ser el trasunto de una sensibilidad estética frente al mundo que no dejan de sorprender al lector y entrar en sintonía con esta palabra o verbo poético. Como bien es sabido, la lírica es una forma particular de aprehender el mundo. El lenguaje -la materia prima de la poiesis– toma ribetes que escapan a la norma habitual. El lector/a que ingresa al poemario debe dejarse capturar por esta voz que se expresa y captar la sonoridad y la expresión retórica con que se muestra en el despliegue de la discursividad. En esto consiste leer poesía lírica.
El poemario de Virginia Ramos Poseck tiene un título bien singular. La misma portada simbólicamente nos muestra la imagen del copihue. La flor nacional, como se dice. Una hermosa creación de la naturaleza que como una enredadera se muestra en los bosques, principalmente sureños. El color rojo del copihue tiene connotaciones que lo conectan con la sangre, la sangre de Arauco. Virginia enmarca el poemario como un brote de copihue. De esta manera, el poemario es un surgir a partir de una semilla que, en este caso, es la palabra, el verbo. La palabra es la expresión creadora como el Verbo del Génesis: fiat lux, y la luz se hizo. Virginia mediante su creación poética va dando vida a una semilla que se encauza a través del lenguaje y como el copihue que emerge y se entrelaza, así también ocurre con su verbo poético: un entrelazamiento, una urdimbre textual en los poemas que componen la experiencia discursiva que adquiere el color del copihue.
Brote de copihue está configurado como textualidad por una variedad de poemas de distintas formas versales. Algunos son como aquellos poemas mínimos japoneses que se denominan haiku o también haikú,y cuya consistencia retórica está concentrada en la contemplación de la naturaleza o en el capturar un instante significativo de lo cotidiano: “El gato de mi casa tiembla/ cuando ve a un gorrión/ o un ruiseñor/ No puede volar/ desafina la escala del sol/ Quiere comer alas/ y allí se queda/ pegado al suelo/ y mira/ y se agazapa/ y tiembla”. Efectivamente, el texto de la poeta Virginia Ramos Poseck entra en una actitud dialogante con el espacio natural en varias ocasiones y con la expresión lingüística de las cosas simples de la vida. Estamos frente a una actitud ecopoética. El mismo título del poemario indica al lector esta senda donde el medio natural parece ser el constructo sobre la base donde se edifica la poiesis: “Lago Tepuheico/ en sus aguas inmóviles/ amanecen las nubes. / Una piedra se hunde/ en el cristal. / Sus ondas cuánticas/ se expanden al universo. / Lago/ espejo del tiempo”. Sintomáticamente, el poemario se abre con un poema que lleva por título Desierto de Atacama que está en las antípodas del espacio del copihue: “Busco nombres/ en el llano del tiempo/ donde la ventisca/ es la voz/ en los tallos de cobre/ de las flores/ colgadas en las cruces / del desierto/ susurro de cristales/ en las tumbas/ olvidadas/ en el zumbido/ de la tierra/ en el filo de su órbita/ por la galaxia/ bóveda de estrellas/ vagan chocan con los trumaos/ las cenizas de almas desoladas”. Al menos en este poema hay dos claves de lectura para lo que vendrá en la textualidad: las flores de los cementerios del Norte Grande son de papel y cuelgan de las tumbas, mientras el viento las hace mecer o vibrar. El hablante lírico busca nombres, es decir, aquellas almas desoladas como lo indica el último verso. De manera paradojal quien trae a aquellas es el trumao, un viento propio del Sur. De este modo, en este entrecruzamiento de espacios disímiles brotan las semillas en la creación poética donde la memoria y la evocación de tiempos pasados vuelven al presente. No sé por qué, pero este poema tiene una resonancia de Pedro Páramo o de La Amortajada. El último poema, por el contrario, tiene otro matiz o atmósfera poética donde el vitalismo es el núcleo central; aunque el título parece ser antónimo, es todo lo contrario, es la vida encarnada en una abeja:
“Una abeja moría/ sobre la flor bordada/ en mi almohada// La di una gota/ de agua y otra de miel/ bebió en calma// Comía la miel/ la dejé en una hoja/ abrió sus alas// El viento desde la cordillera/ movió las cortinas/ el sol llegó a mi cama/ abracé el calor de la mañana/ La miel de los hijos de la abeja resucitada/ alimentará a los nietos de mis nietos/ y habrá un panal en su casa sobre trigales/ dentro de los bosques y ríos/ de la tierra”. El poema en su calidad expresiva es muy significativo para comprender el ejercicio poético de Virginia. Los tres primeros versos son perfectos en cuanto imagen poética. La abeja como un insecto casi extinto, se transforma en un verdadero elixir de vida -y lo es por la miel- y de este modo se convierte en una metáfora -verdadera- de la poesía de la autora, alimento de los nietos de sus nietos. El poemario -conjunto de poemas líricos- de Virginia Ramos Poseck, en consecuencia, al interior de las dos creaciones que abren y cierran la textualidad, son “una lucha persistente contra el olvido y un rescate que se traduce en imágenes conmovedoras que revelan, entre otros aspectos, su propia niñez, sus lecturas, sus ancentros europeos, ya recordados desde una cultura mestiza que llama a los macizos andinos Ñuque Mahuida”, como anota el escritor Sergio Infante Reñasco en el prólogo, además de la tematización de los tiempos pandémicos.
En síntesis, Brote de copihue de Virginia Ramos Poseck es un texto que nos revela a una poeta de una sensibilidad notable para expresar aquello que brota como una semilla en su interioridad y que se muestra mediante una discursividad de alto vuelo poético.
(Virginia Ramos Poseck. Brote de copihue. Santiago. Auto edición. Colección de Poesía Luchito Ocelote. 2025. 49 pág.)
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