El joven de la portada podría darnos la respuesta a lo que como receptores vamos percibiendo a medida en que avanzamos por diversos tiempos, espacios y personajes. Las dudas y las incertezas de la existencia, del estar en el mundo. En este sentido, el poemario de Carlos Roa H. se plasma estéticamente como una discursividad posmoderna que plantea interrogantes al receptor, porque las mismas están en el dictum del hablante lírico que -nos da la impresión- es como un profeta bíblico o un intérprete oracular de los acontecimientos de la historia y que sumerge al lector en una realidad otra que nos subyuga por la palabra lírica envolvente y plena de connotaciones y símbolos.
Texto e imagen por Eddie Morales Piña. Crítico literario.
En la solapilla de este libro que es un poemario se nos informa a los lectores que Carlos Roa Hewstone es un poeta, doctor en Filosofía y académico universitario, nacido en Santiago en 1980. Es saludable desde la perspectiva escrituraria de que en primer lugar aparezca como una identificación ineludible -antes que sus grados- su personalidad poética. Es decir, la prevalencia de una forma de ser en el mundo, especialmente de la poiesis, de la creación poética. Debemos confesar que el nombre de Carlos Roa H., no nos era conocido (por lo demás, uno no siempre accede a la totalidad del mundo de las letras). De este modo, la lectura de este libro ha sido verdaderamente una grata sorpresa estética.
La tapa de esta obra -la portada como también se le denomina- es sintomática. Probablemente, como paratexto tiene un carácter simbólico. La imagen en el contraste del blanco y el negro -los colores, aunque desde una posición de la ciencia y de la física, no están considerados como puros-, muestra el rostro de una persona adolescente, cuya cabeza está inclinada y posee unos ojos interpelantes al observador; la mirada es enigmática. Puede tener varias connotaciones en un nivel más profundo de lectura. El juego luminoso -aunque son acromáticos- de la tapa de la obra está dado en la confrontación de la negritud del fondo y la persona que nos observa y el título; la denominación de la obra que siempre tiene un sentido trascendente -especialmente en la poesía lírica- apunta a la presencia de toda luz. Un lugar en el sol es el titular del poemario de Carlos Roa H. Gramaticalmente, es una frase cuyo núcleo es el vocablo lugar que se complementa con el sustantivo sol. El astro mayor del sistema solar siempre ha sido connotado simbólicamente con la luminosidad plena -es la luz sin ocaso, mientras no se apague- que, además, infunde calor y, en consecuencia, se le conecta con la vida. De este modo, quitando la corteza, en el meollo entremos, como dijo el maestro Gonzalo de Berceo en los siglos medievales, podemos deducir que el lugar -el topos por excelencia- es la poesía como creación para aprehender el mundo y sus diversos contrastes y avatares a lo largo de los siglos y milenios. La poesía lírica -toda creación mediante el lenguaje estético es poesía- es una particular forma de acceder a la realidad. El poeta a través del lenguaje pone en acto una manera en que el sistema, norma y habla de la lengua son puestos en otra forma de sintaxis donde se produce una conjunción que lleva al deslumbramiento de la palabra, el dictum. La retórica de la poiesis lírica, sin duda, que siempre pone al receptor en una nueva demarcación de la realidad aprehendida por el ente poético que se transparenta mediante el proceso escriturario.
La obra de Carlos Roa H. es un texto poético lírico mayor. Quien se adentre en sus páginas podrá darse cuenta o constatar que estamos frente a un despliegue discursivo que es multifacético en cuanto a las distintas tematizaciones que están encapsuladas en los poemas que adoptan, generalmente, la fórmula enunciativa de que hablaba el vétero W. Kayser, refiriéndose a las actitudes líricas. Del mismo modo, el apóstrofe se nos hace presente en más de una oportunidad en este texto que pareciera ser una suerte del devenir de la humanidad. El joven de la portada podría darnos la respuesta a lo que como receptores vamos percibiendo a medida en que avanzamos por diversos tiempos, espacios y personajes. Las dudas y las incertezas de la existencia, del estar en el mundo. En este sentido, el poemario de Carlos Roa H. se plasma estéticamente como una discursividad posmoderna que plantea interrogantes al receptor, porque las mismas están en el dictum del hablante lírico que -nos da la impresión- es como un profeta bíblico o un intérprete oracular de los acontecimientos de la historia y que sumerge al lector en una realidad otra que nos subyuga por la palabra lírica envolvente y plena de connotaciones y símbolos.
El poeta Carlos Roa H. ha programado el texto sobre la base de un procedimiento retórico sumamente interesante. La actitud dialogante del sujeto lírico con diversos textos epigráficos -casi en su totalidad- nos muestra una relectura o una lectura alternativa a las proposiciones, sentencias, juicios, mandamientos, y otros formularios expresivos, que encabezan las distintas modulaciones discursivas. Los epígrafes son paratextos y siempre señalan una ruta o un camino. Podríamos decir que estamos en unos espacios constituidos como el jardín de senderos que se bifurcan -Borges, dixit-, o espacios laberínticos, pero que tienen una salida luminosa como los rayos del sol. La propuesta de Carlos Roa H. lo posiciona, no me cabe dudas, como un sobresaliente poeta que aúna en su mester una mirada estética transida de filosofía en el despliegue poético. Cuando comenzamos la lectura de este texto el primer poema –En uno solo todos los amaneceres juntos-, un poema de amor, nos reveló –correr el tupido velo– que lo que se venía en la discursividad era efectivamente un poeta que deslumbra en su escritura: “Quédate en calma a mi lado/ con tus pensamientos apegados a los míos, / y vuelve a decir por última vez, ‘En ti me busco. Camino a tu lado, / nuestras manos se han encontrado, nada hay/ aparte de los dos. Soy tuya/ hasta cuando se levanten/ nuestros cuerpos sin vida, deshaciéndose, / desgranándose, tuya/ hasta en los rastros de la mañana, / por donde corre el camino de nuestro amor’. / Hasta que la muerte llegue/ sólo quédate en calma a mi lado”.
En definitiva, Un lugar en el sol, es la poesía misma como aquella que está contenida en Que el viaje es todo el viaje -Odiseus-. Homero y Nikos Kazantzakis unidos, dialogando con el poeta Carlos Roa H. Itaca -de por medio de forma invisible, el poeta Constantino Kavafis- convertida en el lugar del sol, la poiesis.
(Carlos Roa Hewstone. Un lugar en el sol. Santiago: RiL editores. 2025. 132 pág.)
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