En la solapilla izquierda de este libro -que es un poemario- se informa que su autor es un poeta chileno de Placilla de Peñuelas en Valparaíso. No hay indicación de su fecha de nacimiento, por tanto, no podemos adscribirlo a una generación poética determinada. Anteriormente, ha publicado dos libros que no conocemos. Por tanto, la experiencia de lectura del texto ha sido un hallazgo escriturario evidente. La portada de la obra como un paratexto no es muy afortunada. La negritud de la misma muestra en el centro una especie de flama o llama que apunta hacia la palabra Signación que le da el título al texto. En sí misma la palabra se transforma, a su vez, en la signatura del producto escriturario de Vladimir Boroa. En el transcurso de la lectura, la portada adquiere sentido.

El término signación remite al verbo signar que -a su vez- proviene del latín signare. En sus diversas acepciones tiene distintas denotaciones y connotaciones que llevan la impronta de poner un signo. En este caso, por ejemplo, a veces el firmar se convierte en una signatura. De todas maneras, el vocablo está relacionado con el lenguaje, con la palabra escrita o dicha, porque resulta ser que una de las significaciones nos lleva al ámbito eclesiástico y litúrgico donde la signación es marcar con la señal de la Cruz, o bien signarse -persignarse- con el signo de la Cruz en el caso del cristianismo católico. De esto hay más de un remitirse a ello en el texto de Vladimir Boroa. Sin duda que la utilización poética del término, así como de otros formularios de aquel ámbito están puestos en un sentido desacralizador, lo que es habitual en la poesía lírica.

El texto del poeta Boroa, en consecuencia, transita sobre la base del signo. Inmediatamente esta inmersión lleva al lector o receptor del poemario en una modulación poético-lírica del fenómeno del lenguaje. El signo con el significante y el significado. El sistema, norma y habla de Eugenio Coseriu puesto en acto mediante el lenguaje creativo. En otras palabras, la obra es una reflexión -una poiesis– metalingüística de la creación lírica. Todo este ámbito lingüístico que es Signación, deviene, entonces, ante quien lee como una revelación -un correr el velo- donde el lenguaje es el pivote de las distintas instancias escriturarias que es posible advertir en el texto del poeta, que no solo lo hace a través de la lengua poética, sino también con la presencia de lo iconográfico -ilustraciones las denomina el colofón-, imágenes debidas a Constanza Vergara y que complementan certeramente la escritura.

El receptor del texto – la competencia lectora, dirían los estetas de la teoría de la recepción literaria- fácilmente se dará cuenta de lo que hemos descrito someramente en las líneas precedentes. En el poemario de Vladimir Boroa hay un dialogismo discursivo muy interesante. El hablante lírico que se expresa mediante el lenguaje del poeta entra en contacto dialógico con otras discursividades, como algunas que provienen directamente de lo bíblico o de la ficción como el famoso Adso de Melk, que nos conecta con Umberto Eco y toda la temática que desarrolla en su famosa novela El nombre de la rosa. Creo que, en definitiva, la obra de Boroa es una confirmación poética de lo que el semiótico italiano formuló en aquel relato donde el trasfondo es una cuestión de índole filosófica que se denominó el nominalismo. El dialogismo bajtiniano del poeta Boroa no sólo está plasmado en los textos que componen el libro -en este sentido hay que ser como el maestro Gonzalo de Berceo, quien en la Edad Media decía líricamente quitemos la corteza, al meollo entremos-, sino en los epígrafes que están frente al lector. Estos paratextos de cierto modo son una hoja de ruta por donde el lector deberá caminar en esta poesía reflexiva y meditativa en que se hacen presentes diversos tópicos como la muerte, el tiempo, pero fundamentalmente el tema del lenguaje como hacedor de la realidad. El epígrafe de la Carta de Santiago se refiere a la lengua -el órgano puesto en la boca- como un fuego y un mundo de maldad. Significa simplemente que esta se transforma en ello cuando se descontrola y adquiere un poder destructivo para el sujeto. Poéticamente, la creación lírica es de alguna manera el descontrol imaginario de quien escribe. Es una otra realidad donde confluyen las intuiciones, las ideas, los sueños, las retóricas del poeta como un pequeño Dios. Entre paréntesis, en este libro se dejan percibir resonancias huidobrianas y de rokhianas: “Y así un texto no es más que urdiembre impura/ que puede entretejerse en sombra o luz (…) Palabra, esencia muerta de las cosas/ sombra estática, retrato enmascarado. Metáfora, suspenso, movimiento/ silencio, relación. // Lumbre opaca de una luna prehistórica”. Sombra y luz son las palabras que se connotan en el transcurso de la lectura de manera metafórica. La creación poética como urdiembre impura es una imagen potente para significar lo que en la novela de Eco discutía Guillermo de Baskerville con otros frailes en una abadía que ocultaba las palabras de El Filósofo: “Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus”.

Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus. En román paladino significa De la primigenia rosa solo nos queda el nombre; solo conservamos nombres desnudos. Filosóficamente, sintetiza los principios del nominalismo. Al final de todo, sólo queda en el recuerdo o en la memoria el nombre. Por esto es que hay en el poemario de Vladimir Boroa un texto sobresaliente que de alguna manera encierra el sentido global -lo semiótico- de la obra. Por azar el día que recibí este libro abrí la página 29 y encontré el poema Biblioteca: “Mi madre/ me heredó una modesta biblioteca/ que en su honor extendí con más volúmenes. // Ella jamás sabrá que fui poeta. // Se fue sin leer ningún poema mío. // Jamás sabrá que escribo malos libros. // Jamás sabrá que pronto seré padre”. Sólo persiste el nombre asociado al nombre de la madre. Esto, a su vez, se refrendado en el poema La rosa original cuyo dialogismo con Eco/Adso de Melk está plenamente logrado: “Ya no recuerdo cómo fue la rosa (…) De la rosa no queda sino un nombre/ que son todas las rosas, no la rosa/ que fue testigo de mi entendimiento. // Nos quedan la memoria y el recuerdo/ que son solo retratos, testimonios/ vacíos y sin forma definida. // Lo demás solo es materia voluble:/ la esencia primigenia se disuelve/ dejándonos simples nombres desnudos”.

En definitiva, la lectura de este libro de Vladimir Boroa ha sido un descubrimiento de un poeta singular, que nos sumerge en una poética verdaderamente interesante.

Por admin

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