Probablemente llame la atención de quienes me leen que nos refiramos a una personalidad eclesiástica de hace siglos atrás y, por tanto, una figura histórica ineludible en el transcurrir de la vida española. Si el desocupado lector -como se decía en los siglos áureos- tiene tiempo puede googlear y encontrará sucintamente quién fue Fray Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517), conocido como el Cardenal Cisneros, porque efectivamente ostentó esta dignidad de color rojo escarlata dentro de la Iglesia Católica. Pero en esta recensión -estoy ocupando términos clásicos- no referiré a la imagen histórica de Cisneros, sino a dos obras literarias que giran en torno a su vida. Son obras pertenecientes al género dramático y se enmarcan en la estética barroca. Este último concepto requiere una breve explicación.

El Barroco como concepción artística, es decir, una particular forma de apreciar, comprender, interpretar y representar la realidad, es una de las modulaciones estéticas más sobresalientes en la Literatura y en el Arte europeos -que traspasará el Atlántico y se afincará, por ejemplo, en el Barroco novohispánico en una monja llamada Sor Juana Inés de la Cruz, la Décima Musa de México-. El Barroco es el arte de la Contrarreforma católica. Como lo explicó Arnold Hauser en su Historia social de la literatura y el arte, y después en un libro dedicado exclusivamente a esta forma artística, el Barroco es la resolución de las tensiones irresueltas que vinieron después del giro copernicano que se provocó con el advenimiento de la modernidad cuyo epítome fue el encuentro de un continente que estaba, pero que se le consideró nuevo, y que se le denominó andando el tiempo América. La reforma protestante, además, desde el punto eclesiástico había producido otro giro, y la Contrarreforma fue la expresión concreta, no sólo en lo doctrinal sino en la producción artística, de cómo resolver los asuntos implicados en esos momentos turbulentos. Hauser tuvo la genialidad de proponer que antes del Barroco hubo una concepción estética que denominó Manierismo donde las tensiones estaban, pero no resueltas. Por eso que el Barroco es una vuelta -sin desconocer el avance de la modernidad- a las fuentes: el retorno al hogar abandonado -José Promis, dixit-donde la espiritualidad católica será nuevamente el fundamento de la existencia y, en consecuencia, el Arte se transforma en una canalización de los cánones de la Contrarreforma bajo las directrices del histórico Concilio de Trento.

Las dos obras dramáticas dedicadas a la figura del Cardenal Cisneros se encapsulan en torno al Barroco hispánico que tuvo autores señeros, entre ellos al propio Cervantes donde se produce el entrecruce de las diversas formulaciones estéticas de los tiempos en que le cupo vivir y escribir sus obras, especialmente en las dos partes de su novela sobre el Quijote de la Mancha. Estas obras dramáticas -que obviamente estaban destinadas a la representación teatral- se les denominaba comedias, pero no en el sentido de la poética aristotélica. Las obras que toman la personalidad del Cardenal Cisneros para transformarla en ficcional son obras dramáticas donde se conjugan distintos aspectos de la estética barroca dialogantes entre sí. Un receptor del siglo XXI donde la IA parece enseñorearse en el mundo tiene que entrar en el horizonte de expectativas que las obras satisficieron en el momento de su emergencia hace siglos atrás. ¿Quién fue el Cardenal Cisneros? ¿Por qué se convierte en un sujeto del enunciado narrativo, lírico y dramático? ¿Por qué traerlo al siglo XXI tan alejado de las propuestas discursivas del tiempo en que experimentó la existencia en la edición de dos obras que giran en torno al purpurado? Estas preguntas y otras más que pueden generarse son propias de la Estética de la Recepción Literaria.

Homo magnus occupatus in magnis. La frase en latín la coloca en la presentación de El gran Cardenal de España, Antonio Prieto Lucena, Obispo complutense, argumentando que lo que San Bernardo decía del Abad Pedro el Venerable, podía adjudicarse al Cardenal Cisneros: “fue un hombre grande que acometió grandes empresas. Entre otras, fue confesor de la reina Isabel, Cardenal de Toledo, Inquisidor General de Castilla, regente del reino en dos ocasiones, reformador de la Iglesia, fundador de una de las universidades más importantes de su época e impulsor del ambicioso proyecto de la Biblia Políglota Complutense”. Ecce homo -he aquí el hombre- convertido en actante de dos comedias del Barroco hispánico. Probablemente un lector ante la palabra inquisidor entrará en sospechas. Pero no es Torquemada.

Los dos textos que contienen a ambas creaciones artísticas son producto del acucioso trabajo investigativo que lleva a cabo el Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra. Las ediciones críticas de las comedias son un acabado mester de los académicos españoles, Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin. Como dije, son ediciones críticas. Es decir, no sólo están las producciones literarias -las obras dramáticas, El gran Cardenal de España, Fray Francisco Jiménez de Cisneros, comedia atribuida a Juan Bautista Diamante y Pedro Lanini Sagredo y Comedia de Fray Francisco Jiménez de Cisneros, atribuida al primero de los nombrados-, sino también el estudio crítico preliminar, la abundancia de notas y confrontaciones filológicas que transforman a los dos textos inmejorables en su calidad del continente y del contenido. Ambas obras están unidas en su constitución textual no sólo por la figura de Fray Francisco -en realidad, el Cardenal Cisneros cambió su nombre por el del Poverello de Asís, pues era franciscano-, sino también por motivos, ambientes, intrigas, los enredos de capa y espada, los enfrentamientos militares, los amores, que hacen que la segunda parte sea una resolución del desenlace de la obra Diamante/Lanini: “En esta segunda parte la acción avanza hacia la resolución del drama planteado en la primera, y es precisamente aquí donde mejor podemos calibrar la grandeza moral de un personaje que no cede a las tentaciones del poder ni a los halagos del mundo”, escribe Juan Miguel Prim Goicoechea, Delegado Episcopal de Cultura de la Diócesis de Alcalá de Henares. Entre paréntesis, no podemos soslayar esta interesante colaboración institucional entre la Diócesis de Alcalá y GRISO de la Universidad de Navarra en las ediciones de obras fundamentales del pasado histórico literario hispánico.

Precisamente, en esta segunda parte, queda en evidencia que el Cardenal Cisneros en el imaginario de la comedia es un ser que vive en esta doble condición propia del Barroco: consagrado al servicio a Dios y al servicio a la comunidad política, pero que no se deja obnubilar por los poderes de este mundo, porque sabe que Sic transit gloria mundi. Las comedias están traspasadas -especialmente la primera- por las temáticas de capa y espada, lo morisco e incluso lo hagiográfico, mientras que en la segunda viene a corroborar que el heroísmo del Cardenal Cisneros estaba en la conquista de sí mismo y no en la conquista de ciudades como Orán y el poder terrenal que tenía: “Un fraile de la humildad/ ha de hacer, hermano/ aprecio; ha de buscar el desprecio, / ha de huir la vanidad, / y cuando no pueda ser/ como a mí me ha sucedido/ porque así Dios lo ha querido,/ debe a lo menos poner/ vigilancia, cuidadoso/ si hacer lo mejor quisiere/ en los ratos que tuviere/ de parecer religioso”.

En definitiva, dos comedias interesantes de una figura preclara de la Iglesia católica que con los aditamentos críticos y documentales se convierten ambos textos en una bibliografía imprescindible para conocer el drama clásico hispánico de corte barroco teniendo como personaje omnipresente al Cardenal Cisneros: “Y por la gracia celestial/ tan levantado me vi, / que fraile y soldado fui/ y arzobispo y cardenal. // Y aunque humilde en profesión, / a España asombro causé / cuando dos veces reiné/ con mi cogulla y cordón”.

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