El rostro de la portada es el de un joven Salvador Allende, precisamente donde se centra el relato histórico. Seguidamente, visualizamos a Valparaíso en una parte de su vestuario con el clásico ascensor porteño. Una portada plena de simbolismo.
Texto e imagen por Eddie Morales Piña. Crítico literario.
No cabe la menor duda de que la figura del presidente Salvador Allende Gossens es un icono histórico a estas alturas del tiempo desde aquel memorable momento en que enfrentó un decisivo instante en su intrahistoria y en el país que gobernaba en septiembre de 1973. Sobre la personalidad suya se han escrito múltiples textos de diversas modulaciones discursivas, además de composiciones musicales -como aquella entrañable de Ángel Parra, Compañero presidente-, filmes e innumerables monumentos, calles, avenidas, plazas y otros espacios que llevan su nombre en distintos lugares y países. El texto del abogado y académico, Jaime Esponda Fernández (Valparaíso, 1948) se inscribe en esta constelación de discursividades que se focalizan en su memoria.
El título de esta obra de carácter histórico es decidor para comprender el propósito escriturario de su autor. La ecuación perfecta del personaje con un cronotopo específico: Allende y Valparaíso. El tiempo y espacio bajtiniano se hacen presentes en la programación del relato de Esponda Fernández. En este punto reside lo novedoso de este interesante texto sobre el personaje histórico y un lugar -Valparaíso, además de la vecina ciudad de Viña del Mar- donde se fraguará una personalidad ineludible. La portada como paratexto – este concepto nos indica que los elementos paratextuales, es decir, todo aquello que está antes del desenvolvimiento de la narratividad, son indicativos de una significación connotativa para el receptor- nos muestra en un plano ampliado el rostro de Allende. No es la faz del Allende a que estamos acostumbrados a visualizar en las imágenes que circulan. En esta portada estamos frente a un Allende joven que ya llevaba lentes -o gafas como se diría por aquellos años de su presencia histórica y que con el tiempo se convirtieron en un sello de su humanidad-, y unos bigotes que mantuvo hasta el día final. El rostro de la portada es el de un joven Salvador Allende, precisamente donde se centra el relato histórico. Seguidamente, visualizamos a Valparaíso en una parte de su vestuario con el clásico ascensor porteño. Una portada plena de simbolismo.
Jaime Esponda Fernández ha subtitulado la obra como una crónica de provincia -se refiere a Valparaíso y Aconcagua en la antigua división administrativa y geográfica de la zona por donde se desplazará el personaje en su mocedad y juventud-. El autor del texto la encapsula como una crónica -que en este caso es histórica-. En este sentido, el referente inmediato son las discursividades de la escritura colonial. La crónica como un relato que da cuenta de sucesos reales en un orden cronológico, en este caso, la historia de Salvador Allende ab initio hasta el instante en que el cronista suspende la narración. El tiempo y el espacio están acotados en la historicidad desde que el locutor nos lleva a los ancestros del protagonista hasta el momento en que se inserta en la vida como un sujeto histórico y social. Dentro de este ámbito es significativo que Salvador acompañaba a su madre hasta un templo católico muy de mañana para que ella asistiera a la misa. En el sustrato existencial de Allende estaba este componente de la doctrina cristiana que afloraba en su oratoria -de vez en cuando- como en el famoso discurso pronunciado el 2 de diciembre de 1972 en la Universidad de Guadalajara donde se refirió expresamente al Verbo de Dios.
El relato histórico de Esponda Fernández está muy bien programado en cuanto a su estructuración discursiva. La obra consta de siete capítulos cada uno de los cuales llevan un título que engloba la temática a desarrollar, más una introducción y la bibliografía. Así, por ejemplo, el primero de ellos se denomina Ascendientes porteños de los Allende Gossens donde aparecen José Gregorio Allende Garcés y Ramón Allende Padín, el abuelo paterno de Salvador y médico como el futuro presidente. De la misma manera, en esta sección nos enteramos de la familia Allende Castro y su relación con la escuela Blas Cuevas, de la familia Allende Gossens y del nacimiento de Salvador. En este sentido, el texto del autor dilucida la ciudad de Santiago como el lugar donde vino al mundo el personaje: “En todas sus campañas electorales y en su biografía presidencial se le presentó oficialmente como nacido en este puerto. Hoy se halla acreditado que nació en Santiago el 26 de junio de 1908, que el parto transcurrió en la casa aún situada en Avenida España número 615 y que el bautizo se realizó dos semanas después, en la cercana parroquia de San Lázaro”. Se desprende del relato de que su madre fue la que le puso el nombre con que se le conoció en el mundo. Un nombre de raíz cristiana por antonomasia. La relación histórica de Esponda Fernández nos despliega como lectores una narratividad atrayente que se va refrendando con abundantes citas a pie de página que le dan la validez historiográfica al escrito. Hemos utilizado tres conceptos relacionados con lo escriturario. La primera es crónica como calificó el autor a su producto investigativo; luego, relato. Este en cuanto tal responde a los parámetros de la literatura ficcional -en realidad, es la significación más exacta, pues ahora a todo se le denomina literatura-. En cuanto relato, la obra adopta una de las tres maneras con las que la Poética aristotélica distinguió el modo de encausar una historia. Como lo expresamos, Esponda Fernández, lo hace ab initio –ab ovo– desde el principio, por eso que el primer capítulo es decidor para entender al personaje y a la personalidad de Salvador Allende Gossens y presenciar cómo llegó a ser lo que fue: un servidor público con luces y sombras como todo ser humano. El tercer concepto que hemos mencionado es la relación histórica que nos remonta a la escritura colonial, al igual que el de crónica. La relación está, por ejemplo, en la Histórica relación del Reyno de Chile del padre Alonso de Ovalle. El libro sobre Salvador es una relación de carácter histórico que muestra el devenir de una persona en formación. De cierto modo, es una obra que se enmarca en la forma escrituraria de via vitae, el camino de la vida, que el autor suspende cuando el porteño adoptado, el Chicho, llega a ser Ministro de Salubridad, en el gobierno del presidente Pedro Aguirre Cerda, como un joven adulto de 31 años. En el discurso de Guadalajara, Allende, se autocalificó como un viejo joven ante el auditorio universitario que lo escuchó atentamente -pero esto viene más adelante en la historia de la vida, que, probablemente, el autor tematizará en una próxima obra dedicada al personaje. Por otra parte, como lector histórico -es decir, aquel que está en la emergencia de la obra- nos parece que el texto de Esponda Fernández es una especie de Bildungroman, el concepto proviene directamente de un tipo de discursividad literaria; se trata de las llamadas novelas de aprendizaje, que tienen como protagonistas a jóvenes en proceso de formación. Usando libremente el concepto, la obra que reseñamos es una historia de un aprendizaje de un sujeto histórico que paulatinamente va tomando conocimiento del mundo a través de su propia experiencia y de aquellos con los que va a entrar en relación social como el famoso anarquista Juan Demarchi cuando Allende llega a Valparaíso con catorce años, así como su entrada al Liceo de Hombres de Valparaíso -Eduardo de la Barra-. La conciencia social del adolescente y posterior joven adulto se fue acrisolando en una actividad donde el acontecer histórico no sólo de la ciudad puerto sino el del país y el del mundo, van configurando al personaje de un modo casi natural. Entre medicina y política se dará una simbiosis humana, social e ideológica que desemboca en la formación del Partido Socialista de Chile y en su ingreso a la masonería -está última estaba en la experiencia familiar-. De esta manera, por tanto, el lector de la obra de Jaime Esponda Fernández comprenderá cabalmente que Salvador Allende Gossens se forma como lo que fue desde la periferia, no desde lo metropolitano. Valparaíso está en el sustrato más profundo en la personalidad del futuro presidente y antes parlamentario.
En síntesis, estamos en presencia de un texto muy interesante de Jaime Esponda Fernández, cuya modulación escrituraria es atrayente y capturadora para el receptor, con el fin de conocer a una personalidad central en la historia nacional que trasciende el tiempo que le cupo vivir: Salvador Allende Gossens.
(Jaime Esponda Fernández. Salvador Allende y Valparaíso. Una crónica de provincia. Santiago: RiL editores. 2026. 278 pág.).
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