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Sor Juana Inés de la Cruz: Nocturna, mas no funesta. Por Eddie Morales Piña

“Su notable inteligencia y belleza y sus dotes para las letras la convirtieron en a respeto de la intelectualidad y la admiración de muchos jóvenes de su tiempo, abandonó la vida de lujo y frivolidad –a los diecinueve años de edad- y se integró a la vida religiosa. Tuvo vida pública hasta 1690”. 

Eddie Morales Piña. Profesor Titular. Universidad de Playa Ancha.

Jean Franco en su libro Las conspiradoras. La representación de la mujer en México, con Sor Juana Inés de la Cruz se llega a la conquista de la escritura en la Colonia, y, en el caso de ella, en la Nueva España. Como bien lo recuerda Franco, el espacio propiamente masculino (el púlpito, la política y la escritura) no era invadido por las monjas místicas, es decir, quedaban éstas en la periferia. Es con Sor Juana que se produce un cambio sustantivo: “Sor Juana Inés de la Cruz no sólo invadió estos terrenos, cuando menos simbólicamente, sino que impugnó de manera directa la feminización que el clero hacía de la ignorancia. Así, desde el punto de vista contemporáneo, es tentador considerarla como una rebelde que desafiaba las convenciones sociales y literarias, si bien es dudoso que pueda considerársele individualista, en el sentido moderno”.

Las obras de Sor Juana Inés de la Cruz fueron publicadas en primeras ediciones en España a finales del siglo XVII, siendo considerada desde ese momento como autora de la mejor poesía colonial. La admiración que provocaba su quehacer poético la hizo famosa en la propia corte virreinal; así, por ejemplo, en Teatro de las virtudes políticas (1680), Carlos de Sigüenza y Góngora le dedicaba elogios. El interés por la obra literaria de la monja mexicana se mantuvo durante el siglo siguiente decayendo en el XIX. En el transcurso de los estudios historiográficos en torno a la obra de Sor Juana Inés de la Cruz, se ha tendido a conectar su producción artística con su vida como sujeto histórico en el México colonial. Entre estas perspectivas críticas cabe señalar el análisis de Ludwig Pfandl (1946), quien realiza una aproximación psicoanalítica sobre la base de una perspectiva freudiana donde interpreta símbolos y alegorías poéticas como datos biográficos.

Entre las obras más estudiadas de Sor Juana Inés de la Cruz se encuentra la silva Primero sueño, escrita al más puro estilo gongorino, ya superado como lenguaje poético en el momento en que la monja mexicana crea su composición lírica; los aproximaciones críticas alrededor de la silva han fluctuado entre los que ven una imitación servil de Góngora hasta los que aprecian en ella una originalidad auténtica. Respecto a la estructura de la silva el debate no ha estado exento de controversias, por cuanto se la ha dividido desde los doce fragmentos hasta el argumento de que es indivisible.

Sor Juana Inés de la Cruz nació en San Miguel Neplanta el 12 de noviembre de 1651, siendo su padre el español don Pedro Manuel de Asbaje y Vargas y su madre la criolla doña Isabel Ramírez de Santillana, hija de españoles establecidos en la Nueva España. Según la historia, Sor Juana nació fuera del matrimonio y posteriormente, al parecer, fue legitimizada; de allí que haya confusión respecto al año de su nacimiento, que podría ser en 1648. Desde pequeña demostró una disposición innata para aprender, por lo que su abuelo materno la inició en los estudios a la temprana edad de tres años. Poco después ya sabía leer y “a los seis imaginaba vestirse de hombre y escapar a la Universidad de México para estudiar, ya que las mujeres tenían prohibido el acceso. A los diez años componía versos y escribió su primera obra poética, una loa eucarística que no se conserva”. Con sólo veinte lecciones aprendió la lengua latina, y luego fue nombrada dama de honor de la virreina, la Marquesa de Mancera, en ciudad de México.

A los quince años fue sometida a un examen por una cuarenta de literatos de la corte y académicos universitarios sobre diversas materias del que salió airosa: “Su notable inteligencia y belleza y sus dotes para las letras la convirtieron en a respeto de la intelectualidad y la admiración de muchos jóvenes de su tiempo, abandonó la vida de lujo y frivolidad –a los diecinueve años de edad- y se integró a la vida religiosa. Tuvo vida pública hasta 1690”.

Primeramente, Sor Juana ingresó al convento de San José, perteneciente a la orden de la Carmelitas descalzas. Respecto a la decisión de entrar al claustro se han barajado diversas hipótesis que van desde un desengaño amoroso hasta la consideración de que Sor Juana consideraba el espacio conventual como un lugar propicio para el estudio, pasando por la opinión de ella de que sentía aversión por el matrimonio. Debido a la rigurosidad de la regla carmelitana que provocó en Sor Juana una enfermedad, la llevaron a ingresar al convento de San Jerónimo donde profesará en 1669, y donde permanecerá hasta su muerte en 1694 a la edad de cuarenta y siete años durante una epidemia de peste.

El convento fue para Sor Juana el lugar propicio para sus inquietudes intelectuales. Por lo demás, la alta sociedad mexicana, los protectores, los mecenas y los admiradores la siguieron visitando en el claustro donde le hacían encargos de poemas y obras para diversas ocasiones y festividades. En el convento Sor Juana tenía una biblioteca de unos 4000 volúmenes y otros objetos relacionados con el saber y la inquietud cientificista de la monja, pues era aficionada a las ciencias naturales, astronomía, matemáticas y otras materias.

En la vida de Sor Juana la presencia de personajes como don Manuel Fernández de Santa Cruz, Obispo de Puebla; los condes de Paredes (la virreina María Luisa se convierte en Lisi en algunas de sus composiciones amorosas); don Francisco Aguiar y Seijas, Arzobispo de México; fray Antonio Núñez de Miranda, confesor de Sor Juana, entre otros, tienen una importancia radical en su experiencias como poeta, intelectual, religiosa. Así, por ejemplo, ante la popularidad de Sor Juana y a la publicación en España en 1689 de poemas suyos bajo el título de Inundación castálida de la única musa décima, sor Juana Inés de la Cruz, a instancias de la condesa de Paredes, el arzobispo de México ordenó la excomunión de la monja, sanción que nunca se llevó a cabo. Su confesor se negó a atenderla espiritualmente durante dos años.

Por otra parte, la Carta de la Madre Juana Inés de la Cruz escrita a su confesor, el Reverendo Padre Maestro Antonio Núñez de Miranda de la Compañía de Jesús, escrita alrededor de 1681, pone énfasis en los derechos de la monja como mujer independiente, además de responder los rumores según los cuales su confesor critica la soberbia intelectual y de notoriedad de ésta al componer versos profanos. El texto conocido como Autodefensa espiritual, le reprocha a Núñez de Miranda el no haberle “amonestado en privado, y reclama su derecho al estudio, libre de tutelas, y al sincretismo cultural entre los filósofos gentiles (pertenecientes a la cultura grecolatina) y las fuentes cristianas presentes en sus escritos”.

Otro texto en prosa de Sor Juana a tener en consideración es la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. El trasfondo de este adquiere ribetes casi novelescos en la experiencia vital de la religiosa jerónima, puesto que en el episodio narrativo están presentes ella y el Obispo de Puebla Fernández de Santa Cruz, trasvestido luego como Sor Filotea en el intercambio epistolar. Efectivamente, Sor Juana refuta un famoso sermón del prestigiado misionero jesuita y orador sagrado Antonio Vieyra, quien en el Sermón del mandado había refutado a San Agustín, Santo Tomás y San Juan Crisóstomo “acerca de cuáles habían sido las mayores pruebas de amor o “finezas” de Dios a la humanidad. Vieyra insistía, además, en que Jesucristo nunca pidió nada a cambio de su amor, y que en esto consistía la mayor prueba”. Por su parte, en la Carta atenagórica, Sor Juana insistía en que la prueba mayor de Jesús “había sido el no entregarle su amor incondicional al hombre para que este no quedase con una deuda impagable”. Este texto de Sor Juana fue publicado en 1690 por el Obispo de Puebla con el título de Carta atenagórica, agregándole un texto suyo firmado bajo el seudónimo de Sor Filotea; en este texto, el obispo le hace la observación de que no debe adentrarse en materias teológicas y le reprocha, además, la excesiva dedicación que la monja tenía por las letras profanas. La Respuesta a Sor Filotea de la Cruz es la ardiente defensa que lleva a cabo Sor Juana de su quehacer intelectual y del cultivo de las letras seculares, dejando establecido, además, la superioridad de las letras divinas sobre aquellas. Este texto es una verdadera relación autobiográfica que revela detalles significativos de su vida y refuerza su imagen de mujer intelectual. También se debe tener en cuenta un documento breve de la monja mexicana conocido como Petición causídica, escrito poco tiempo antes de su muerte, donde utiliza el lenguaje forense en que la conciencia es la fiscal, y deja establecido que su ingreso en el claustro fue libre de coacciones.

De la Décima Musa de México se han hecho múltiples selecciones antológicas de su obra poética, así como de sus textos dramáticos y de las cartas y textos en prosa. Una de las recientes es la titulada “Nocturna, mas no funesta. Poesía y cartas. Sor Juana Inés de la Cruz” (2014), realizada por Facundo Ruiz, quien ha sido el editor y el autor del prólogo y las notas. Se trata de una antología de las mejores que he conocido de la monja mexicana, con un contundente prólogo y una profusión de notas (“que operan no sólo como notas de lectura, sino para promoverla”) donde como lectores accedimos a su lírica y a sus cartas. Sor Juana Inés de la Cruz dejó de escribir un año y medio antes de su muerte, en marzo de 1694:

Aquí arriba se ha de anotar el día de mi muerte, mes y año. Suplico, por amor de Dios y de su Purísima Madre, a mis amadas hermanas las religiosas que son y en lo de adelante fueren, me encomienden a Dios, que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y de su madre. Yo, la peor del mundo. Juana Inés de la Cruz” (Documento III en el Libro de profesiones del convento de San Jerónimo).






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