Criticando un botarate/ Un libro que a luz salió,/ Encadenados echó/ Disparate tras dislate.// Díjole uno: -Tate, tate!-/ ¿Cuándo este libro leyó?/ I el otro le respondió:/ -Quién lee tanto disparate!// Si eres escritor, menguados/ Críticos has de tener:/ De sus garras no te escapas;// I criticarán airados/ A veces, sin conocer/ Tus obras, ni por las tapas”.

Eddie Morales Piña. Profesor Titular. Universidad de Playa Ancha.

Los versos con que abrimos está crónica pertenecen al escritor chileno Daniel Barros Grez (1834-1904) y están contenidos en una obra que se publicó en 1888 bajo el título de “Fábulas orijinales” (sic). El autor es un representante de la literatura chilena del siglo antepasado y su nombre ha trascendido en el tiempo debido –fundamentalmente- a algunas de sus creaciones del género dramático (“Como en Santiago” 1875). Sin embargo, la obra del mencionado autor quedaría trunca sin referirse a aquellas relacionadas con el subgénero narrativo de las fábulas donde demuestra haber sido un cultor eximio.

Las fábulas son una de las formas literarias de más antigua raigambre en la literatura universal, pues ya las encontramos en la Grecia clásica en la creación del poeta Esopo. Podríamos decir –imitando a E. R. Curtius cuando se refiere a los tópicos- que las fábulas de Esopo dejan instituidos los rasgos escriturarios de este tipo de narración. Efectivamente, la fábula como texto literario se caracteriza porque es una historia breve –en verso o en prosa- protagonizada por personas o animales u otros que encarnan los vicios y las virtudes de la humanidad. En este sentido, las fábulas tuvieron como finalidad última adoctrinar desde el punto de vista didáctico-moral a quienes las escuchaban o leían. Un rasgo distintivo de las fábulas, en consecuencia, es la moraleja con que se cierra el enunciado narrativo.

Desde las fábulas de Esopo -pasando por las del Arcipreste de Hita y las de Tomás de Iriarte y Félix M. de Samaniego, en el ámbito hispánico-, el subgénero de las fábulas se ha desplegado en cada una de las épocas y etapas de la historia de la literatura, especialmente cuando esta ha asumido como función preponderante el instruir. Es por eso que en el Neoclasicismo esta forma simple se rearticuló y sirvió a los propósitos del Siglo de las Luces. Pero no podemos dejar de mencionar que en la época medieval el poeta Juan Ruiz –el Arcipreste de Hita- en su obra “Libro de Buen Amor” intercaló a lo largo de este magistral texto –tan moderno para la época de su escritura- una serie de fábulas como la del reparto de la raposa, la del león y del asno, o la del ladrón que vende su alma al diablo. Literaria y artísticamente hablando, la Edad Media tuvo esta finalidad donde la concepción de la obra era servir didácticamente sobre la base del principio de enseñar deleitando. El mismo objetivo tuvieron los denominados exemplos (ejemplos) profusos también en el Arcipreste de Hita y en los cuentos del Conde Lucanor en la Edad Media tardía. En definitiva, estas conexiones textuales entre las fábulas y otras formas anexas como los exemplos –e incluso las parábolas- encontrarán en el propio Miguel de Cervantes una forma de ser: las novelas ejemplares. Por último, no podemos dejar de mencionar que en la literatura moderna y contemporánea algunas novelas como “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carrol (1865) y “Rebelión en la granja” (1945) de George Orwell tienen en su embrión narrativo los rasgos primarios de las fábulas clásicas.

Sobre la base de lo anterior, podemos decir que el escritor chileno Daniel Barros Grez es un fabulista que no le va en zaga a la tradición en la que se inserta al momento de abordar creativamente el género. Sin duda que no es un fabulista de tono menor, sino por el contrario su inventiva y el manejo de la constitución versal de sus creaciones –que son unas quinientas contenidas en el libro mencionado al principio- nos lo muestran como un fabulista versátil, agudo y crítico para mirar los usos y costumbres, los personajes y las instituciones de la república, para desenmascarar y revelar –correr el tupido velo, diría José Donoso-: los vicios y virtudes de la sociedad de su tiempo y los nuestros. Porque he aquí el mérito de la escritura de la fábula de Barros Grez. Cuando uno vuelve a leer estas fábulas del siglo antepasado se da cuenta que mucho de lo que el autor criticó acerbamente mantiene su plena vigencia con los caracteres propios de esta época. De entre los temas que acoge en sus fábulas hay un eje que se transforma en un motivo recurrente: la política y la religión son asuntos predilectos en el autor; los males de la república se encarnan en ambos quehaceres. La contextualización histórica permite al lector visualizar hacia quienes dirige sus saetas y dardos Barros Grez. Por otra parte, es interesante consignar que en las fábulas del escritor chileno otro tema predilecto es el de la República de las Letras que, como es bien sabido, muchas veces es una verdadera “caldera del diablo” donde la envidia es caldo de cultivo para enemistades. Dentro de este mismo ámbito, Barros Grez pone su ojo revelador en quienes ejercen la crítica literaria. La fábula con que iniciamos esta crónica es un buen ejemplo de ello: el autor hace irrisión de quienes critican un libro sin haberlo leído.

El académico de la Facultad de Arte de la Universidad de Playa Ancha, profesor Guido Olivares, ha seleccionado algunas de las fábulas de Barros Grez y las ha editado con el título de “Fábulas chilenas”. Inicialmente se ha tratado de un proyecto artístico en que se intervienen las fábulas sobre la base de una composición artística de carácter visual manteniendo el espíritu con que las creó su autor. En cierto modo, se trata de la reescritura de las fábulas, porque ahora se nos muestran digitalmente. En este sentido, se aúnan en el proyecto artístico de Guido Olivares la palabra escrita de Barros Grez y su plasmación en la imagen o dibujo del contenido de aquella. Invitamos a nuestros lectores para que ingresen a esta página (www.fabulaschilenas.cl) y puedan percatarse de lo que hemos indicado. Les aseguro que no saldrán defraudados.

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