De acuerdo al escritor Italo Calvino en uno de sus ensayos imprescindibles, una obra se transforma en un texto clásico cuando habiendo pasado un largo tiempo desde su emergencia primaria, su lectura es tan lozana como la del lector histórico, es decir, aquel que por primera vez se enfrentó a la obra literaria. De cierto modo, la relectura de un texto reactiva el interés del receptor como si fuera una discursividad incipiente. Indudablemente que un lector alejado en el tiempo y en el espacio de aquello que conforma la matriz escrituraria deberá reactivar ciertos códigos de distinta naturaleza para entrar en el horizonte de expectativas que satisfizo el texto en su momento. En lo que sintetizamos estamos dentro de los márgenes de la estética de la recepción literaria donde el desplazamiento es hacia el lector; es este quien reactiva los códigos que están encapsulados en la textualidad. La puesta en acto de los códigos en la (re) lectura revelará el sentido de la obra. Releer un clásico, en consecuencia, debiera ser una experiencia placentera del texto, aunque conozcamos de qué se trata la historia, la trama, en la que están inmersos los personajes, incluido el desenlace. Todos sabemos, por ejemplo, en qué termina las desventuras de Romeo y Julieta o las aventuras y los infortunios de Don Quijote, pero como lectores experimentamos el placer del texto cada vez que ingresamos en el mundo expuesto mediante la imaginación literaria. Esto es lo que significa ser un autor o autora clásicos en la literatura. Es el caso del escritor Alberto Blest Gana en la literatura chilena moderna, especialmente en una obra ineludible que el autor denominó Martín Rivas.

La reciente reedición de la novela blestganiana -publicada en su primera edición en 1862- y su relectura nos permite sostener que la obra sigue manteniendo el atractivo escriturario que probablemente despertó en sus lectores históricos. La figura de su protagonista y la historia que se despliega se encuentran en el imaginario colectivo de la cultura literaria chilena, más aún cuando su argumento ha sido adaptado a otros formatos discursivos, como haberse transformado en una serie televisiva en que Martín Rivas y Leonor Encina adquirieron una fisonomía concreta a través de los actores que los encarnaron. Sin duda que esta es probablemente la obra más leída de Blest Gana -quien fue un autor sumamente prolífico en su producción literaria que con El loco Estero logró entrar en los principios del siglo pasado-puesto que estaba -no sabemos si actualmente se encuentra en los planes de lectura de la enseñanza media- como un libro, una novela, ineludible en la formación lectora.

Alberto Blest Gana es en el contexto de la literatura hispanoamericana de la época moderna uno de los autores más destacados y, como dijimos, de una narratividad increíble donde sobresalen Martín Rivas, El ideal de un Calavera, Durante la Reconquista, Los transplantados y El loco Estero. Si uno revisa las fechas de publicación de estos textos podrá advertir que el autor escribía con una celeridad increíble y una imaginación desbordante siendo un diplomático chileno en Europa. De lo anterior, Blest Gana es uno de los narradores más fecundos del siglo XIX en el espacio de la literatura moderna del país. Un lector informado -como diría Umberto Eco- advertirá que su narrativa está inmersa en el denominado realismo decimonónico y, en consecuencia, la figura de Balzac o de Stendhal se encuentran detrás de su imaginario discursivo. La famosa teoría del amor de Henry Beyle Stendhal, por ejemplo, es fácilmente perceptible en la estructura de la novela Martín Rivas en la relación sentimental entre el joven provinciano, Martín, y la joven aristócrata Leonor, la hija de don Dámaso Encina. A la mansión de este en Santiago llega Martín Rivas donde paulatinamente se convertirá ante los ojos de Leonor en una persona interesante, pero de una clase social inferior a la suya. Paulatinamente, Martín cristalizará en el corazón de Leonor.

A lo largo del tiempo, la novela Martín Rivas ha sido analizada profusamente desde distintas perspectivas críticas o lecturas interpretativas lo que resulta ser un signo de que la obra del escritor ha despertado siempre un interés metadiscursivo, esto es, más allá de una historia aparentemente de un amor imposible. Desde una aproximación estructuralista como la de Cedomil Goic donde se destaca precisamente el modo cómo el autor programó el relato, hasta interpretaciones sociocríticas que revelan la crítica social que emerge desde la profundidad de lo que aparentemente es la razón de ser de la historia: la relación amorosa de Martín y Leonor. Muchos se han preguntado que posiblemente el verdadero protagonista es el personaje trágico de Rafael San Luis y lo interesante de las historias entrecruzadas del espacio tiempo en que se desarrolla la historia. También se ha puesto énfasis en la dualidad de los espacios entre la clase acomodada que vive en torno al poder y al dinero, y el denominado medio pelo, Bernarda Cordero como eje; entre las tertulias y el picholeo, y en el modo cómo los personajes transitan y se entremezclan entre ambos ambientes. Además, se ha dejado en evidencia el friso histórico de la sociedad chilena de 1850, incluida la revolución de 1851 donde Martín Rivas se enrola como partícipe de los liberales. Por otra parte, se ha discutido si esta es una novela de personaje o una novela de espacio, siguiendo la clásica distinción de W. Kayser. En otras palabras, Martín Rivas, como relato no sólo ha sido una historia atrayente por el dinamismo de la historia con un narrador que cual cicerone conduce la narración, sino por la cantidad de estudios, ensayos, tesis que ha generado en el transcurso de su historia como texto distintivo de la literatura chilena del siglo XIX. Hay quienes han visto en Martín el héroe triunfante que de joven pobre y provinciano logra ascender hacia el espacio de la burguesía santiaguina conquistando a la joven Leonor, que en principio lo miraba en menos, convirtiéndose en la mano derecha de don Dámaso en sus negocios donde se entremezclan la política y el dinero. En el prólogo, la escritora Diamela Eltit sostiene en una afirmación conclusiva que: “Leer hoy Martín Rivas (…) significa examinar si persiste el “alto pelo” y su menosprecio por el “medio pelo”; es preguntarse por la acumulación de riqueza como símbolo de prestigio social y la aspiración de cargos políticos para completar la unión perfecta: riqueza y Estado. Podría ser.”

En definitiva, la novela de Alberto Blest Gana publicada en 1862 -y reeditada en múltiples ocasiones- sigue despertando curiosidad en el lector no solo por el entramado discursivo, sino también por las resonancias que suscitan en quienes ingresan a un mundo alejado en el tiempo, pero cuyas matrices constitutivas parecen estar en el sustrato de la sociedad chilena. Un clásico de la literatura chilena, sí.

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