90 años de Altazor, una crónica literaria de Eddie Morales Piña

El azor es un ave rapaz diurna, como tal, se eleva y baja. Huidobro crea la palabra Altazor para transmutarse en el sujeto lírico que tiene una visión sideral de la existencia y del universo. Es el pequeño Dios que en el canto segundo – el más transparente de todo el poema- muestra una hermosa imagen de la mujer transformada cósmicamente en metáfora creada de la poesía: “Si tú murieras/ Las estrellas a pesar de su lámpara encendida/ Perderían el camino/ ¿Qué sería del universo?”

Imagen y crónica por Eddie Morales Piña, crítico literario

Estas crónicas siempre han tenido por finalidad acercar a los/as lectores/as que a ella accedan sobre diversas temáticas y autores de la literatura universal, por tanto, son escritas con el propósito de extender el conocimiento en dichas áreas más allá de los especialistas. Las crónicas son casi efímeras, pues regularmente se han escrito en los diarios y periódicos. Históricamente, ha sido así. Ahora con mayor razón en los tiempos de la tecnología cuando desaparecen de la nube, como se dice. Las crónicas de Joaquín Edwards Bello las recopiló en varios volúmenes el escritor Alfonso Calderón, quien también se destacó por cultivar este subgénero literario de forma excepcional, al igual que Jorge Edwards, por nombrar algunos. Escribo este párrafo para presentar los noventa años de una obra excepcional del poeta Vicente Huidobro: es una crónica que rescata y revive a los/as lectores/as un poema largo imprescindible que se llama Altazor.

Efectivamente, Altazor, el poema huidobriano está de aniversario. Fue publicado en 1931 después de un largo proceso de escritura y a estas alturas de la historia es una obra que se presenta como uno de los poemas extensos destacados de la literatura no sólo chilena sino universal. Vicente Huidobro, además, es un caso excepcional dentro de nuestra literatura. No sólo fue un poeta, sino también narrador y dramaturgo. De personalidad que escapaba a los cánones de su tiempo, Huidobro se convirtió en un representante más que significativo de las denominadas corrientes estéticas de las vanguardias de principios del siglo pasado. Respecto a estas han corrido ríos de tinta en el tiempo. Son las vanguardias históricas que vinieron a remecer la concepción del arte y la literatura, pues no sólo afectaron a esta sino también a las otras formas de expresión artística como la pintura y la música. El dadaísmo, el cubismo, el surrealismo, el futurismo, el expresionismo, el ultraísmo, el creacionismo fueron las nuevas estéticas que venían a “deshumanizar” el arte. Entre ellas estaba la propuesta de Huidobro. Que hubo controversias respecto a lo que planteaba nuestro poeta, sí que las hubo, pero no es del caso traerlas a colación. Lo que sí queda claro es que Vicente Huidobro, “el ángel salvaje que cayó una mañana/ En vuestras plantaciones de preceptos/ Poeta/ Antipoeta/ Culto/ Anticulto/ Animal metafísico cargado de congojas/ Animal espontáneo directo sangrando sus problemas/ Solitario como una paradoja/ Paradoja fatal/ Flor de contradicciones bailando un fox-trot/ Sobre el sepulcro de Dios/ Sobre el bien y el mal/…”– se transformó en un poeta vanguardista insoslayable. Cuando se dice vanguardias históricas, el adjetivo no es azaroso –el adjetivo, cuando no da vida, mata-, pues se trata de un especial momento del devenir de la historia literaria y del arte. En otras palabras, siempre ha habido momentos de vanguardia, como cuando emergió la antipoesía de Nicanor Parra.

La primera edición de Altazor está datada en Madrid en 1931. Sin duda, Huidobro fue un poeta cosmopolita que se codeó con los vanguardistas históricos en Europa. Un poeta que escribía tanto en francés como en español. Altazor viene, en cierto modo, a coronar un proyecto escriturario suyo que comenzó a gestarse tempranamente. Es lo que se conoce hasta hoy como el creacionismo. Huidobro dijo en algún momento que tres eran los principios del quehacer poético: crear, crear, crear, por eso la denominación de su propuesta estético-vanguardista. La crítica siempre ha destacado que en el poeta -nacido en Santiago de Chile el 10 de enero de 1893 en medio de una familia aristocrática- se dio una simbiosis entre la teoría y la práctica de la poiesis. Desde 1914 comenzó a vislumbrase en él un pensamiento sobre la concepción de la creación que paulatinamente irá desarrollando en su producción artística. El poema “Arte poética” es un verdadero manifiesto de lo que entendía como poema creado. Todos los vanguardistas históricos tuvieron esa misma actitud: plantear a través de manifiestos lo que pretendían en el acto poético.

Altazor tiene una estructura claramente delimitada en cantos. Estos son siete. Ambas denominaciones tienen una prosapia en la literatura. La palabra canto nos remite a lo primordial, al acto creador. Es como la invocación inicial a las musas. En el principio de la creación poética fue, efectivamente, el canto. El siete es el número perfecto. Huidobro -el hablante lírico trasmutado en Altazor- se desplazará a través de estos siete cantos en un descender y ascender donde la experiencia no es sólo poética sino también existencial. Hay una suerte de vaivén entre vida y muerte. Un Altazor que se va expresando en forma agónica en el lenguaje que acaba sólo en sonidos guturales. Los siete cantos están precedidos por un prefacio en prosa donde está la clave del poema: “La vida es un viaje en paracaídas y no lo que tú quieres creer”. Esa es la razón del subtítulo: Altazor o el viaje en paracaídas. Un paracaídas que en el poema se transforma en un para subidas. Altazor en su peregrinaje -al final eso es lo que queda: la vida como una romería-, un peregrinaje -que se convierte en una visión nihilista de la vida y de la muerte como un absurdo- donde no hay tiempo que perder. Los siete cantos tienen una estructura autónoma, es decir, uno puede leerlos como entidades únicas, pero que se complementan cuando se tiene la visión de conjunto. Desde el canto primero, el hablante comienza su expresión poética donde la articulación verbal es lógica y sintácticamente al uso de la norma habitual; sin embargo, paulatinamente, el/la lector/as irá entrando en una forma distinta donde el asintactismo empieza a hacerse presente. La lengua -es decir, el sistema institucionalizado- no es suficiente para la expresión poética de Altazor y, en consecuencia, entramos en una verbalización inusitada que, como dijimos, acabará con sonidos guturales y frases que forman parte de otra realidad. La inventiva creacionista de Huidobro en el lenguaje es indudable: todas las lenguas están muertas. Es como si llegáramos al principio de la creación o de la evolución: los sonidos guturales del lenguaje inarticulado.

El azor es un ave rapaz diurna, como tal, se eleva y baja. Huidobro crea la palabra Altazor para transmutarse en el sujeto lírico que tiene una visión sideral de la existencia y del universo. Es el pequeño Dios que en el canto segundo – el más transparente de todo el poema- muestra una hermosa imagen de la mujer transformada cósmicamente en metáfora creada de la poesía: “Si tú murieras/ Las estrellas a pesar de su lámpara encendida/ Perderían el camino/ ¿Qué sería del universo?”.

En 1974 el profesor Cedomil Goic -uno de los principales estudiosos de la obra huidobriana- publicó la quinta edición del poema de Huidobro cuyos noventa años celebramos. La obra fue de las Ediciones Universitarias de Valparaíso de la Universidad Católica de dicha ciudad puerto en la Colección Aula Media “dirigida a los estudiantes y a todos los lectores que se interesan por la creación poética de Vicente Huidobro”. El libro lleva en su portada el clásico rostro del poeta plasmado por Picasso. Hay que decir, por último, que también cumple 90 años Temblor de cielo publicado casi al unísono con Altazor.

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