Recientemente ha leído este libro. Lo primero que me llamó la atención fue su título que bien cabe dentro del imaginario garcimarquiano. No hay que olvidar que Gabo acostumbraba a denominar sus relatos con algunos títulos extensos como el de la Cándida Eréndida y su abuela desalmada. En este sentido, el texto de Juan Idiáquez sólo por su encabezamiento es un logro escriturario. Además, hay en la designación varios núcleos semánticos interesantes en cuanto a su significación con el contenido de la obra. Me refiero a los conceptos casos, neurológicos y cabeza, y sin duda, el titular Dr. Idiáquez. El primero de estos rótulos dice relación, en una de sus acepciones, a situaciones del ámbito médico. Un suceso o evento que tiene que ver con alguna patología. Luego está el adjetivo con que se complementa el nombre. Son casos neurológicos. En otras palabras, aluden estos casos al tratamiento y rehabilitación de trastornos del sistema nervioso central y periférico. Simbólicamente al autor agrega el término cabeza que dice relación con la parte superior del cuerpo humano que alberga al cerebro. Entre los casos y la cabeza, sin duda, que hay una relación inmediata, pero aquí viene la connotación de que Cabezas es el apellido materno de quien fue puesto de cabezas, el Dr, Idiáquez, en algún momento de su ejercicio médico. Por eso que sostengo que el título de esta obra es muy interesante y atrayente.

Por otra parte, la portada de este libro del Dr, Idiáquez -que no es un personaje imaginario como el doctor Jekyll u otros que han existido en la literatura universal- desde la perspectiva semiótica, es decir, lo que nos connota a quien observa la imagen, es otro logro debido a Juan Pablo Gigoux. En ella aparece el Dr. Idiáquez -personaje- frente a un paciente mientras con un martillo pequeño – no sé como se denomina en el lenguaje médico, pero creo que es el martillo de percusión- pronto a golpear la rótula con el fin de determinar o evaluar los reflejos. Varias veces el Dr. Idiáquez real, no el personaje, usó conmigo el martillo de reflejos. La portada, en consecuencia, es una apertura icónica de lo que vendrá luego de que el lector entre en la escritura. Como paratexto se complementa con el título garcimarquiano.

Conocí al Dr. Juan Idiáquez (Valparaíso, 1950, médico especialista en Neurología por la Universidad de Chile) en su consulta profesional en la ciudad de Viña del Mar. Esto puede haber sido varios años atrás. No sé como llegué a él, si fue por una recomendación, o porque la Providencia divina lo puso en mi camino. Cuando fui por vez primera -y como siempre ocurre, el que va a la consulta lo hace con cierto temor-, me encontré con una persona de una empatía singular para con el paciente. En algún momento determinado de lo que se conversa con el médico -en este caso, un neurólogo- y después de haber pasado por el golpeteo del martillo, el facultativo hizo la pregunta con relación a qué me dedicaba. Es ahí cuando emergió la Literatura. Soy académico universitario y enseño literatura, le indique. Y esta respuesta fue como la apertura hacia un punto en común. El Dr. Idiáquez compartía el universo de las letras conmigo. De este modo, cada vez que lo visitaba terminábamos conversando de libros y autores, entre ellos Borges y uno de sus ensayos sobre Emanuel Swedenborg. En cierta oportunidad me entregó un libro de poemas –Aventuras– que tiene un prólogo de Juan Cameron publicado en 2005. Posteriormente, el Dr. Idiáquez se retiró de la actividad médica hasta que hace poco nos hemos vuelto a reencontrar mediante las redes sociales. Recuerdo que en cierta oportunidad le llevé de regalo un libro sobre Santa Teresa de Avila, que había leído, y donde se analizaba su vida y obra narrativa y poética sobre la base de una perspectiva psicoanalítica. De lo anteriormente expuesto me resulta significativo que quienes ejercen la medicina -o la han ejercido- hay escritores relevantes en la literatura universal como lo indican en el prólogo de los casos que pusieron de cabeza al Dr. Idiáquez, Teresa Calderón y Georgina Ramírez, mencionando a Anton Chejov, A. J. Cronin, W. Somerset Maugham, entre otros. En la literatura chilena contemporánea también están los médicos escritores, entre ellos mis amigos siquiatras Francisco Rivas y Juan León y Juan Idiáquez, neurólogo. En el momento que escribo estas líneas no puedo dejar de recordar que hace años en la universidad con un médico siquiatra dimos un curso interdisciplinario sobre las patologías en la Literatura que resultó ser un éxito entre los estudiantes.

Después de esta contextualización, habiendo leído Los casos neurológicos que pusieron de cabeza al Dr. Idiáquez, puedo manifestar que estamos frente a un texto que no dejará indiferente al lector que se adentre entre sus páginas, pues en ellas lo que hay son experiencias de vida del enunciante narrativo. El Dr. Idiáquez -aquel que visitaba en su consulta viñamarina – está trasmutado en un personaje que narra diversas instancias de su intrahistoria como médico neurólogo. Cuando ingresé en la textualidad de esta obra me resultó sobresaliente la capacidad narratológica del autor. En otras palabras, el narrador logra capturar con cierta naturalidad al lector para que ingrese en la trama o en la historia de los casos que refiere y que han sido extraídos de su experiencia profesional mientras se desempeñó en el hospital Gustavo Fricke de Viña del Mar.

La obra del Dr. Idiáquez está constituida por veinticuatro relatos que están situados en diversos espacio-tiempos -el famoso cronotopo bajtiniano– con personajes que son realmente sorprendentes para el lector. El sujeto que aglutina el enunciado es el alter ego del médico neurólogo, quien también lo es en la enunciación. Teóricamente, es un narrador personaje inmerso en la historia. Estas se constituyen, por tanto, como relatos con un emisor intradiegético, lo que se condice por la naturaleza misma de la narración. Los casos –kasus, dice André Jolles en Las formas simples, aunque lo refiere al lenguaje jurídico- son diversas circunstancias patológicas de pacientes a los que el Dr. Idiáquez personaje trata o atiende en el contexto de la ficcionalización de las tematizaciones que están plasmadas en las historias. El entramado de los relatos, por tanto, podemos leerlos como verdaderos cuentos. Algún lector pudiera pensar que está frente a una especie de discurso memorístico del autor. En cierto modo, como la visualización de distintos momentos de su experiencia médica fáctica. Este es el sustrato de los casos neurológicos presentados. Lo que ha hecho el Dr. Idiáquez ha sido recrear mediante la retórica literaria los casos que tienen, por tanto, lo que Vargas Llosa denominaba el elemento añadido; es decir, aquello que convierte la realidad inmediata en una realidad otra que denominamos imaginaria. Por eso que las prologuistas dicen que “no sabemos si estamos situados en la realidad o en alguna novela del realismo mágico”. Todos los relatos -cuentos- son muy atrayentes al lector por la forma con que el autor despliega el contenido a partir de los títulos que anteceden la trama. Estas, generalmente, son dolorosas o trágicas, y algunas dejan entrever la felicidad donde el personaje del Dr. Idiáquez va experimentando la realidad del paciente y la familia que lo rodea. De alguna manera, el médico neurólogo o de otra especialidad se transforma o convierte en un confesor donde el paciente busca la sanación físico-mental y también espiritual. Esto el lector lo podrá calibrar o comprobar a medida que lea los textos. Por nombrar algunos relatos que me resuenan en la memoria son Padecimientos de un republicano, El enfermo peregrino, El refugio de la música, El reloj de los recuerdos, Mi profesor, Los demonios del capataz, Luna de miel convulsiva, Medicina mapuche, La silla de ruedas. En todos ellos, el lector captará la solvencia narrativa del autor. En definitiva, la obra mencionada es un volumen de casos -kasus, valga la redundancia- que posiciona al autor, Dr. Juan Idiáquez, como un sobresaliente narrador, que no sólo sabe estructurar una historia, sino que mediante su desarrollo logra entregar al lector una visión humanitaria del mundo donde el sufrimiento y el dolor se aparecen en las existencias de los seres humanos. La vida, simplemente, como diría Oscar Castro. Una lectura sumamente recomendable.

Por admin

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