La portada de este libro donde se conjugan la prosa y el verso es simple. En un primer plano destaca el título de la obra donde se avizora un ave en vuelo. El observador debe afinar el ojo –Ojo con el Arte, como decía Nemesio Antúnez- para percatarse de este detalle gráfico. En la parte superior aparece el nombre del autor que resuena como originario de la India e inmediatamente un subtítulo: Microiluminaciones II, lo que al receptor le hace pensar que existe otra obra. En el margen inferior, Sadvipra, que es la denominación de la editorial. Como bien sabemos, la portada siempre ha sido un paratexto, es decir, es un preámbulo que de alguna manera anuncia el despliegue escriturario. En este sentido, hay códigos simbólicos que le permiten al potencial lector prever lo que vendrá. Inmediatamente, llama la atención el nombre del autor -Prabhat Deva- que tal vez es un seudónimo. En la contraportada se indica que nació en Santiago en 1977 y se entregan algunos indicios de su escritura; lo mismo acontece con la cita del prólogo de Gilda Luongo, quien manifiesta que estamos en presencia de una “escritura-canto, iluminación espiritual y tránsito del llegar a ser lo que se es…”. A su vez, el epígrafe -otro paratexto- de Ramakrs’na nos señala como lectores una huella por donde vamos a transitar como lectores. La cita que sirve de epígrafe alude a Ramakrishna (1836-1886), un místico bengalí, a quien se considera una encarnación divina en la cosmovisión hinduista.

La lectura de este texto que como manifesté aúna la prosa poética y el verso, nos recordó nuestras lecturas in illo témpore del escritor Hermann Hesse, quien tiene más de una de sus obras centradas en el imaginario de la cultura de la India y sus personajes o héroes novelescos son siempre buscadores de la perfección espiritual (Siddhartha, por ejemplo). La obra de Prabath Deva, sin duda, que es una escritura que camina por estos derroteros. El hablante -o el sujeto lírico que a veces tiende a desdoblarse-, es el Hombre Pájaro. Este tema es interesante por cuanto simbólicamente alude a la trascendencia. Si hay un ave en la portada -y el enunciante lírico que se autodenomina como pájaro- es indudable que uno de los códigos o tópicos que se activan en la escritura de Prabhat Deva son el volar y lo aéreo. Ambos conceptos tienen una antigua prosapia en la literatura que se han ido connotando con diversas modulaciones en el trascurso del tiempo. La poética del espacio contempla uno de los cuatro elementos -el aire- y a quienes son los que habitualmente se mueven a través de él: las aves y los pájaros -incluidas las pequeñas criaturas aladas, como las luciérnagas que el hablante lírico menciona, y cuya significación simbólica también es relevante ya que implican la luminosidad. Lo aéreo y el vuelo, en consecuencia, en las diversas culturas han servido para revelar la trascendencia y el anhelo del hombre como especie de poder volar y elevarse en el espacio aéreo. La mitología griega lo dejó encapsulado en el famoso mito de Icaro; en la literatura chilena del pasado siglo hay una novela emblemática llamada Alsino de Pedro Prado, la historia del niño al que le aparecen alas. En la lírica creacionista de Huidobro, está Altazor. Por otra parte, en la iconografía cristiana, los seres angélicos son alados para simbolizar su carácter de entes sublimes y trascendentes a la contingencia meramente humana que se consideran intermediarios entre Dios y los hombres. En el hinduismo los angiris también son mensajeros entre los dioses y los hombres.

Prabhat Deva en su obra plasma poéticamente este imaginario desde la percepción estética. El texto ha sido programado sobre la base de una cosmovisión de la búsqueda de la perfección espiritual con el fin de llegar a la trascendencia como sujeto pensante, sintiente y viviente. De cierto modo, la manera como el autor desenvuelve la escritura nos lleva a pensar en los ritos de pasajes o de iniciación (Joseph Campbell indagó sobre esto, además de Mircea Eliade, desde el punto de vista antropológico y de la historia de las religiones). La primera parte de la obra poética nos muestra una especie de apertura u obertura conque un hablante distanciado nos presenta al Hombre Pájaro -que no es otro que él mismo, por eso que aludimos al desdoblamiento, o el doble en la acción escrituraria-. Estamos frente a una prosa poética que, efectivamente, es una microiluminación. La palabra iluminación antecedida por el prefijo nos remite, por tanto, a la plasmación escrituraria del cruce de un umbral -un rito de pasaje- donde el Hombre Pájaro descubrirá que sí sabía volar. El verbo volar tiene una riqueza semántico-connotativa en la historia de la Literatura y el Arte verdaderamente altísima. El fundamento simbólico está en la trascendencia y en la liberación del espíritu de las limitaciones de la materia, como también del tránsito de un plano ontológico a otro, entre diversas significaciones. El Hombre Pájaro de Prabath Deva muestra al lector de forma poética este anhelo de “viajar en el viento” para alcanzar la perfección y la liberación espiritual: “No ya tan dentro de él, sino en sus capas más inmediatas, el Hombre Pájaro sabía que podía volar”. El texto en prosa pareciera ser una revelación que el hablante lírico presenta al lector. Revelar significa quitar el velo. Es decir, mostrar lo que está oculto. El Hombre Pájaro descubre, en definitiva, que sí podía despegarse de lo inmediato y contingente; por tanto, este desasimiento lo llevará a la iluminación interior y a la trascendencia en cuanto ser personal.

Sorprendentemente, nos encontramos luego como lectores con dos epílogos. Estos son escritos que en la escritura significan una recapitulación de lo dicho. En el primer epílogo en cursiva -al igual que algunos momentos escriturarios del inicio en prosa- asoma la voz alternativa -el doble poético-, quien alienta y revela al personaje que “la vida te va mostrando, Hombre Pájaro, su rostro cada vez más: la luz, la oscuridad, el conocimiento, la ignorancia (…) Mantén tu vuelo al tope, Ave Ángel: del otro lado de la montaña, el sol también sabe de amaneceres”. El epílogo segundo es la escritura del Hombre Pájaro en verso que el sujeto hablante denomina cancionero. Este término es notable por cuanto las aves pían durante el día; en otras palabras, cantan. El Hombre Pájaro deviene en un poeta que canta al proceso del descubrimiento y a la iluminación del Ser con mayúsculas: “Sentado en una rama veo el río pasar a mis pies. / El campo es noble y salvaje/ en cada suspiro, en cada aleteo, en el nido cálido:/ vida / mariposa / ave en reposo”. Por último, en este proceso de iluminación se descubre el amor y el sentido relacional siempre con una connotación ascensional -como Juan Salvador Gaviota, a quien nombra el hablante-. La experiencia iluminativa e iniciática culmina con un sujeto hablante que exclama: “¡A cantar otra canción!” como un Amanecer Refulgente (Prabhat Deva).

Una obra poética –poiesis, creación-, realmente significativa que recomendamos, por cuanto la escritura del autor es una forma simbólica de trascendencia e iluminativa mediante la mediación estética.

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