En una de las portadillas de esta novela se informa que su autora Alyson Richman es una reconocida autora de bestsellers. Esta sola denominación puede provocar en el eventual lector sospechas de lo que vendrá. La palabra, sin duda, que indica que quien es el autor tiene un gran éxito de ventas con sus obras cuyo consumo es para un público lector poco exigente en cuanto a la armazón escrituraria. Esto es lo que pensamos cuando los propios editores catalogan a la obra y a la autora como una exitosa bestsellers. En otras palabras, a lo largo de la historia de la literatura, probablemente, algunos clásicos fueron leídos con pasión por múltiples lectores que los convirtieron en lo que hoy se denominan con aquel concepto. Seguro que Cervantes lo fue, o Flaubert también, y para qué decir García Márquez o Vargas Llosa. Esto no significa que quiera equiparar a los nombrados con Richman, pero sí en el sentido de que esta autora de habla inglesa logra estructurar una historia que al lector lo captura desde el principio y lo lleva rápidamente a la búsqueda del desenlace de la trama.

El asunto de la novela de Richman está develado al final donde indica cuales son los fundamentos de la ficción que nos muestra de un modo atrayente, casi para ser transformado en un guion cinematográfico. El asunto de acuerdo con una vieja definición -pero que no ha perdido vigencia- es lo que vive en la tradición ajeno a la creación literaria, pero que va a influir en la concepción de la obra ficcional. El lector en las páginas finales comprenderá que lo que ha leído está sostenido en una historia real que la autora ha transmutado en una ficción mediante elementos añadidos que convierten el asunto en una historia imaginaria.

El coleccionista de historias es un personaje histórico -según la fuente que entrega Richman- llamado Harry Elkins Widener un bibliófilo apasionado que había muerto a bordo del trágico barco Titanic. El tema es interesante en la medida que Richman elabora una historia donde se conjugan los ingredientes para desenvolver una trama donde están los libros de por medio, además de una historia de amor, más aún si parte del entramado discursivo está focalizado en aquel transatlántico que zarpó de Southampton el 10 de abril de 1912 y naufragó hundiéndose el 14 de abril tras chocar con un iceberg provocando un significativo número de muertos por el naufragio y las heladas aguas de aquel mar.

Cuando he tenido la experiencia lectora de esta novela de Richman no he podido de relacionarla con la famosa película de James Cameron protagonizada por Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, sólo que aquí en la narratividad los papeles están invertidos, pues Widener es el joven rico aristocrático, mientras que Ada Lippoldt es una joven que trabaja con libreros en la búsqueda de ejemplares de libros raros o primeras ediciones que están convertidas en joyas bibliográficas. La conexión entre el famoso collar de la protagonista del Titanic de Cameron y el librito de Widener -el Pequeño Bacon- no deja de ser coincidente como un elemento sobresaliente. Las secuencias narrativas de Richman que dan cuenta del naufragio del barco imposible de hundir como decían sus constructores, puede imaginarlas sobre la base de las imágenes donde DiCaprio y Winslet viven aquellos momentos aciagos del final del Titanic.

La novela de Richman, en consecuencia, dialoga con una historia real -la de Harry Elkins Widener- y una historia cinematográfica del asunto del naufragio del transatlántico donde el amor entre dos jóvenes de clases distintas separados en el barco por las distintas cubiertas se transforma en el relato de la autora de bestseller en la relación amorosa entre el joven bibliófilo y bibliómano Widener con la proveedora de textos Ada Lippoldt. El hundimiento del barco impedirá que Widener la presente a sus aristocráticos progenitores. Dentro del desarrollo de la trama, el lector sabrá que Ada está embarazada de Widener sin que él lo sepa. En realidad, nadie lo sabrá como el receptor que lee lo descubrirá y se enterará de varios asuntos que quedan revelados al finalizar el relato.

Richman estructura la narración de una manera atrapante en cuanto a la presencia de dos narradores. El sujeto narrador omnisciente que domina el espacio tiempo narrativos y un narrador secundario, pero no menos relevante que resulta ser Widener, quien a su vez abre la narración con un prólogo donde explica por qué en Harvard hay una gran biblioteca que lleva su nombre con su legado bibliográfico y que su madre ordenó construir para preservar su memoria luego de su desaparecimiento en las aguas del mar del norte. “A petición de mi madre, cada semana ponen flores frescas en mi escritorio para emular la sensación de que estoy a punto de entrar, sentarme y empezar a leer. Aquí es donde vive mi fantasma ahora. Aquí es donde la espero a ella”. Esta apertura escrituraria es significativa. El lector entrará a una historia donde el más allá -el otro tiempo y espacio- se harán presentes. Ella a quien se refiere Widener como narrador es Violet Huchhins, una joven estudiante -quien ha perdido trágicamente a su pareja en las aguas -relación inmediata con Harry-, que trabaja como auxiliar en la famosa Biblioteca Widener. Es allí donde comenzará a percibir fenómenos paranormales que la llevarán a una investigación acuciosa adentrándose en el más allá en una forma de canalización con un supuesto fantasma como lo dice ella. De por medio están los libros y dos misteriosas llaves del escritorio de Harry donde se colocan las flores como lo ordenó desde tiempos lejanos su madre. Violet contará con la ayuda de un condiscípulo, Theo, con quien podrá desentrañar un misterio que los dejará anonadados. Violet es nada menos que un personaje a quien Harry esperaba en su biblioteca detenida en el tiempo.

En definitiva, la novela de Alyson Richman no defraudará a sus fieles lectores, y a quienes la lean por vez primera les sorprenderá con una historia de amor donde los libros logran superar las tragedias. Una lectura especial para el tiempo estival.

Por admin

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