Cuando el lector/a ingrese en los versos -los versitantes, un neologismo interesante-, podrá percatarse de la tonalidad y la cadencia de los versos. El poemario se caracteriza por su musicalidad. El lector/a que lea bien, se dará cuenta de este ritmo donde el poeta Saavedra sale airoso: “Bandea su luz como osado transporte. / Tras oblongas hojas de filoso corte. / Destella su cuerpo en claro despegue. / Y la piel melada en óptico pliegue.”
Texto e imagen por Eddie Morales Piña. Crítico literario.
Este poemario del escritor Rafael Saavedra de la ciudad de Casablanca (Chile) es realmente una sorpresa en su condición textual. Es un libro breve de sólo veintinueve páginas, pero que en su consistencia poética deja al lector/a con una percepción maravillosa. Partiendo por la hermosa portada, el poeta Saavedra nos pone frente a la aprehensión estética de la realidad que va más allá de la práctica o la teórica.
La portada es el paratexto, es decir, aquello que nos prepara para el contenido de una discursividad; en este sentido, es el continente que entrega las claves de la lectura, una vez que el receptor se sumerja en la escritura. En la imagen destacan unos insectos, uno en la parte superior, el otro en la inferior de forma invertida. Son dos abejas cuya descripción nos las indica como apiformes que viven -generalmente- en enjambres y se clasifican en tres clases de individuos, a saber, la reina, las obreras y los zánganos. También estás los abejorros. En consecuencia, lo que será tematizado por el poeta Saavedra serán estos insectos que rara vez se ven entre nosotros, y que indudablemente cuando existe el panal de abejas nos dan como producto una rica sustancia que se llama miel, una especie de manjar para los dioses de la mitología. Seguidamente, las figuras de los insectos al estar uno en posición alada, el otro igual, pero invertido prefiguran un reflejo en una especie de espejo. Las nubes también aportan lo suyo para destacar el título del poemario El Abejarte. Otra significación simbólica es aquella que desde la muerte viene la vida. El insecto invertido, renace.
La denominación del texto poético, sin duda, que hace un juego intertextual con dos palabras: abeja y arte. El ensamblaje de ambas da como resultado el título. El arte de las abejas o las abejas son un arte de la naturaleza; o bien, para el poeta, la discursividad poética se transforma en un arte para los versitantes como llama a los habitantes del universo de los versos. Esta confluencia de universo y verso también es significativa en la modulación escrituraria. Estamos inmersos en la creación poética donde el enunciante fija su atención en estos seres creados alados que dan como producto el elixir divino de la miel. Por otra parte, esta propuesta del poeta Rafael Saavedra inserta su poemario en la ecopoesía, es decir, en aquellas textualidades que privilegian un diálogo con la naturaleza -con el día quinto de la creación-, con el fin de rescatarla de la insidia e incuria de los seres humanos que la han destruido o no preservado. Ver una abeja o un abejorro es un arte de magia hoy en la casa común.
Cuando el lector/a ingrese en los versos -los versitantes, un neologismo interesante-, podrá percatarse de la tonalidad y la cadencia de los versos. El poemario se caracteriza por su musicalidad. El lector/a que lea bien, se dará cuenta de este ritmo donde el poeta Saavedra sale airoso: “Bandea su luz como osado transporte. / Tras oblongas hojas de filoso corte. / Destella su cuerpo en claro despegue. / Y la piel melada en óptico pliegue.” Esta es la primera estrofa del poemario con que se abre una singular historia del Abejarte convertido en un personaje que deambula con su ligero aletear por sendas diversas: “Travieso Abejarte, como gran mago. / Alma que canta es pura sin amago. / Se abre al mundo, y no es cobarde. / Lleva amor a su reina con alarde”. Probablemente, al lector/a avisado -como se decía en la escritura clásica hispánica- le llamará la atención la estructuración de los versos en estrofas de cuatro de ellos que tienen una impronta clásica, pues son versos endecasílabos -de once sílabas métricas- con rima consonante. El propio poeta Rafael Saavedra nos lo advierte en unas palabras introductorias a su mester poético: “La visión de la naturaleza en los juegos poéticos, como en Abejarte, el sexto canto de la serie se convierte en un vehículo para expresar el ritmo del poema endecasílabo”. En este sentido, el poeta ha bebido de las fuentes quevedianas y gongorinas. Nos referimos a los poetas hispánicos del Barroco, Francisco de Quevedo y Luis de Góngora. La poesía de Saavedra nos trae los resabios clásicos con los hipérbatos y un lenguaje depurado de orden culto -el culteranismo- al momento de revelarnos el quehacer del Abejarte: “Melado color en génesis del campo. / Las hojas, y los dibujos al descampo. / Aguijonean como refugios de hielo. / Aladas crisálidas yéndose al cielo”. Esta estructuración poética de cuartetos endecasílabos en algún momento se rompe por medio del verso que prefigura en la página lo dicho -estilo huidobriano– cuando el Abejarte se ve en peligro: “Es el gran enemigo. / Así como la maldad. / Confunde y acomete. / A nuestros talones. / Quiso aprovecharse. / Del Abejarte. / Atacándole”.
En definitiva, nos encontramos en presencia de un poemario que recupera con creces las formas métricas clásicas para tematizar un tópico referido al hábitat natural de una especie apícola en peligro de extinción. Una poesía de Rafael Saavedra tan sabrosa como la miel.
Rafael Carlos A. Saavedra P. El Abejarte. Sevilla, España: Punto Rojo Libros, S.L. 2025. 29 pág.)
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