En la portada aparece la frase narrativa breve; en realidad, la textualidad está conformada por cincuenta microrrelatos donde están presentes la economía narrativa y la condensación absoluta, en que hallamos relatos paradigmáticos en la programación donde se sitúan las historias: la ciencia ficción.
Texto e imagen, por Eddie Morales Piña. Crítico literario.
Desde hace unos cuantos años atrás se ha venido cultivando en la literatura contemporánea y posmoderna una forma discursiva de carácter proteico que ha recibido múltiples denominaciones, entre ellas la de microrrelatos. Este es el género del tercer milenio, según lo explicitaba hace tiempo un teórico. En realidad, más que un género autónomo -creo- es una suerte de metamorfosis de lo que llamamos cuento en las nomenclaturas genéricas tradicionales. Es decir, es una modulación específica del género narrativo que tiene o contiene en sí misma una característica esencial que la distingue del relato -cuento- clásico, aquel que sigue las coordenadas que lo hacen distinto a la novela, por ejemplo, que sería como la hermana mayor en lo narrativo. La narratividad es la conditio sine qua non para que el microrrelato sea lo que es: una forma discursiva donde la condensación de una historia o trama en un tiempo y espacio alcanza límites restringidos, como una página, algunos párrafos o, simplemente, una línea como en el canónico El dinosaurio de Augusto Monterroso. La obra del escritor Camilo Montecinos Guerra (Arica, 1987) que se titula Ecos de fin de mundo transita por estos senderos que hemos explicitado someramente.
En la revista de literatura Quimera de noviembre de 2002 dedicada al microrrelato en España, el escritor Luis Mateo Díez sostiene que “el microrrelato tiene la identidad de su contención, de sus pocas palabras, lo que implica intensidad extrema y sugerencia, pero siempre dentro de una opción narrativa, hay que distinguirlo de la prosa lírica. Es un relato ascético, es una expresión verbal, pero con una fuerte sugerencia narrativa, como si contuviera una carga de profundidad que no estalla en la superficie, pero retumba”. Sin duda que se trata de una notable definición estética de lo que constituye el microrrelato en que está inscrita la obra de Montecinos Guerra, pues en los textos que conforman la obra encontramos la contención, la intensidad extrema y la sugerencia narrativa. En la portada aparece la frase narrativa breve; en realidad, la textualidad está conformada por cincuenta microrrelatos donde están presentes la economía narrativa y la condensación absoluta, en que hallamos relatos paradigmáticos en la programación donde se sitúan las historias: la ciencia ficción.
El eje o la centralidad desde donde retumban los microrrelatos de Montecinos Guerra es otra forma discursiva y retórica de larga prosapia en la literatura universal. Se le ha denominado ciencia ficción. La relación entre ambos conceptos -ciencia y ficción- parecieran ser contradictorios en su significación textual o en su denotación como términos. La ciencia como aquella forma donde la experimentación y la postulación de leyes racionales implican una oposición a la ficción en que lo esencial es la imaginación creativa, mundos imaginarios, donde todo puede ser factible. Las novelas de Julio Verne, por ejemplo, son una buena muestra donde se da esta relación entre ciencia y ficción, pero que ahora están superados por el avance de la tecnologización de la humanidad y con el surgimiento de la Inteligencia Artificial que le da una nueva modelización a la realidad. En otras palabras, la introducción de la IA es la creación de otra realidad, en consecuencia, entramos en la ficcionalización de la contingencia histórica. Lo interesante de los microrrelatos del escritor ariqueño es que focalizan la tematización de los microrrelatos en este diálogo ad infinitum de la ciencia ficción con sus diversas variantes escriturarias en el transcurso del tiempo. La portada de la obra es muy paradigmática. Como paratexto que es mediante la sola visualización de ella el lector/a sabe que entrará en un espacio tiempo diferente. El astronauta que está en primer plano observa desde un lugar otro a un planeta que debiera ser la Tierra. Una especie de satélite que el astronauta probablemente mira con admiración o temor. No lo sabemos, porque nos da la espalda. El espacio desde el que está indudablemente que no es el satélite natural de la Tierra, pues hay un río y nubes. Lo que rompe el icono es una nave espacial que seguro que es un guiño intertextual a los pioneros de la ciencia ficción como Verne y sus máquinas imaginarias para trasportar a los lectores a lugares ignotos. Esta imagen es introductoria a los microrrelatos que tienen un marco de carácter apocalíptico en la mayoría de los textos que componen la obra.
Las diversas modulaciones escriturarias de la ciencia ficción (distopía, ucronía, ciberpunk, etc) nos permiten adentrarnos como lectores a cronotopos -tiempo y espacio- donde el ser humano pareciera ser un sujeto que busca la experimentación o bien que se encuentra en situaciones límites, al borde la eclosión final. Los microrrelatos de Montecinos Guerra van dando muestra de una humanidad donde el apocalipsis se hace presente, no solo porque el ser humano ha sobrepasado los límites de la creación, sino porque también rescata la idea de otras formas alienígenas que vienen a colonizar o a destruir, lo que puede ser leído como una metáfora de lo que acontece en el mundo actual y real. La presencia de Marte, sin duda, que en los microrrelatos de nuestro autor son un diálogo con la narrativa de Ray Bradbury. El avance de la tecnología -que pareciera dejar como pálido reflejo a 2001 Odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick-, así como con la robótica y la IA van dando cuenta que la ciencia superó a la realidad. La ficción, por tanto, en la tematización de los microrrelatos de Montecinos Guerra es una recreación de lo que fue o está siendo visibilizado y vivido por el mundo del siglo XXI mediante la forma escrituraria de la ciencia ficción. La imaginación literaria del autor es muy atrayente, por cuanto en el microrrelato se debe sorprender al receptor desde el instante del inicio de la narratividad. Un microrrelato como Involución es notable. En una página el narrador despliega el viaje a la semilla de la humanidad; es decir, el retroceso hacia una era donde principia todo. Otro relato insoslayable es Trastiempo donde el personaje es Pedro de Valdivia que traspasa el umbral y llega a un espacio otro. Varios microrrelatos dan cuenta de la robótica y de la IA como en El amor en tiempos de la IA, así como de los momentos finales del planeta Tierra a raíz de conflagraciones apocalípticas. En todas estas tematizaciones el autor demuestra una solvencia e imaginación narrativas donde las historias mínimas poseen una resonancia inimaginables.
En definitiva, la lectura de esta obra que tiene un título apocalíptico nos demuestra que el microrrelato -o como quiera llamárselo- está absolutamente saludable. Un libro recomendable para todos los que gustan del microcuento, y para aquellos que no lo conocen es un buen comienzo esta obra de Montecinos Guerra.
(Camilo Montecinos Guerra. Ecos de fin de mundo. Narrativa breve. Santiago: Marciano Ediciones. 2026. 97 pág.)
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