Carlos León, el hombre de Playa Ancha, por Eddie Morales Piña.

Esta antología fechada en 1973 no me cabe la menor duda que es relevante. Se trata de por sí en un texto histórico no sólo porque recaba los relatos del escritor porteño antecedidos por el prólogo/estudio de Minguez Sender, sino también por la data de la publicación (marzo de 1973) y porque la Editorial Bruguera de Barcelona incluye a León dentro de la colección Libro Clásico.

Eddie Morales Piña. Crítico Literario.

De la lectura de las revistas literarias del Valparaíso del ayer y de textos afines, sale a relucir el nombre del escritor Carlos León (Coquimbo, 1918- Valparaíso, 1988), autor de emblemáticos relatos dentro del contexto de nuestra literatura del siglo XX, que por su condición escrituraria conservan la lozanía de su emergencia de cuando fueron publicados.

Según nos cuenta Manuel Peña Muñoz –otro escritor sobresaliente nacido en nuestro puerto principal, como dice la canción- en uno de sus libros cronísticos (“Los cafés literarios de Chile”, 2001), Carlos León tenía una mesa propia en el Café Riquet, que estaba ubicado en la Plaza Aníbal Pinto, frente a la Fuente de Neptuno; a dicho café llegaba sagradamente a las cinco de la tarde “a pedir una taza de té puro con un platillo de galletas”. Quienes frecuentamos el lugar ya desaparecido, y llegábamos promediando la hora señalada, podíamos ver, saludar e intercambiar palabras con “el hombre de Playa Ancha”, quien era, además un reconocido profesor de Derecho, pero por sobretodo un escritor. Al mismo lugar acudían varios otros escritores y escritoras, como también el cronista, –y también abogado- el amigo Antonio Pedrals.

La escritura de Carlos León tiene rasgos muy significativos en la literatura chilena. En primer lugar, porque el cronotopo esencial de las historias que desarrolla en sus relatos es, sin duda, Valparaíso. Este es el espacio no sólo geográfico, sino que fundamentalmente el espacio vital -de un tiempo vital, valga la redundancia. La palabra vital –que sin ser pedante, proviene del latín vita, ae, es decir, vida- aparece como un calificativo en el título de una de sus novelas (“Sueldo vital”). En este sentido, las obras de Carlos León Alvarado –que este era su apellido materno- transitan por una modalidad del existencialismo; se trata de relatos donde están desplegándose unas vidas ante el lector/a, vidas que muchas veces están al filo de situaciones límites, o como decía Manuel Rojas, a propósito de Aniceto Hevia, pagando cuotas a la existencia. Por otra parte, la escritura de León tiene un rasgo peculiar –que también es posible apreciar en otro clásico de la literatura chilena como lo fue Adolfo Couve, y en algunas de las obras de un escritor reciente, Alejandro Zambra-: la prosa leoniana es esencialista, en ella nada está de más, de sobra, o de menos. Hay una especie de perfeccionismo escriturario que centra la mirada lectora, precisamente, en la depuración estilística (esta frase puede parecer extemporánea, pero es así en Carlos León). Y en un cuarto momento, cabe decir que este carácter esencial, preciso, de la escritura del hombre de Playa Ancha se observa incluso en el mismo formato de sus relatos: son textos breves, novelas cortas –como apuntó uno de sus antologadores.

Precisamente, José Miguel Minguez Sender cuando aglutina en un solo libro cuatro de los relatos novelescos de Carlos León en el prólogo/estudio que las precede tiene un problema irresuelto: no se atreve a catalogarlas, pues duda entre cuento largo, novela corta, y, por último, las denomina novelitas, sin un sentido peyorativo. Esta antología fechada en 1973 no me cabe la menor duda que es relevante. Se trata de por sí en un texto histórico no sólo porque recaba los relatos del escritor porteño antecedidos por el prólogo/estudio de Minguez Sender, sino también por la data de la publicación (marzo de 1973) y porque la Editorial Bruguera de Barcelona incluye a León dentro de la colección Libro Clásico. En la contraportada del libro se lee: “Clásico: Dícese del autor o de la obra que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier literatura o arte” (Diccionario de la Real Academia Española)”.

En consecuencia, Carlos León era ya un clásico en aquel año, pues la colección ponía “al alcance de todo lector de lengua castellana las grandes obras de la literatura universal, los autores eternos, los modelos que no han perdido ni perderán vigencia”. Las creaciones de Carlos León –un autor eterno-, son desde el punto de vista de su constitución formal “nouvelles” y, al menos, las tres primeras podrían adscribirse fácilmente a la llamada novela de aprendizaje (Bildungsroman). Desde una mirada filosófico-literaria, como lo escribió Norman Cortés Larrieu –uno de los principales estudiosos de la obra leoniana– de los relatos del hombre de Playa Ancha puede desprenderse que su mundo narrativo “está transido de un humanismo esencial, de una defensa valiente y decidida, pero sin estridencias, de esa misma humanidad doliente, contradictoria y conmovedora, que figura en las obras de los más destacados creadores de todos los tiempos”.

Las obras de Carlos León que están puestas en la edición barcelonesa son “Sobrino único (1954), “Las viejas amistades” (1956), “Sueldo vital (1964) y “Retrato hablado” (1971) (al interior de este hay dos obras maestras escriturarias: “Wantan” y “Consulta pagada”, que por sí mismas ubicarían al hombre de Playa Ancha entre los clásicos del relato breve). Por otra parte, hay otro interesante volumen publicado en Chile (Editorial Andrés Bello) en 1989 que incluye la novela “Todavía” (1981).

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