Unquén, el que espera, de Sergio Infante: Crónica literaria de Eddie Morales Piña

La historia se va conformando sobre la base del recuerdo y este cuando se actualiza, se hace presente -en el sentido del tiempo verbal. Lucho es un exiliado político que ha vivido en Suecia junto a su pareja Berit, quien le acompaña a Unquén.

Texto e imagen, por Eddie Morales Piña.

Hace algunos años comentamos una novela titulada “Los rebaños del cíclope” (2008) de Sergio Infante Reñasco (Santiago, 1947). En aquella oportunidad al acabar la lectura del texto afirmábamos que ese relato era excepcional por varias razones. La última producción narrativa del autor no le va en zaga a la anterior. Sergio Infante (ahora sin el apellido Reñasco en la portada) es un consumado escritor chileno de la diáspora que no sólo incursiona en la narrativa sino también en la poesía lírica. La novela “Unquén, el que espera” (2021) de menores dimensiones que la primera de las nombradas, no dejará indiferente al lector/a que ingrese a sus páginas. Entre aquella y esta hay -indisolublemente- un nexo en común que destacábamos en esa crónica literaria, a saber, el tratamiento de la perspectiva del narrador para desplegar la historia. Este es un punto radical para el proceso de lectura.

Generacionalmente, -Cedomil Goic, dixit– Sergio Infante pertenece a la formada por los escritores/as nacidos/as entre 1935 y 1950. Por su parte, José Promis lo ubicaría en el programa literario de la desacralización. Uno de los puntos focales de esta novelística es, sin duda, el tratamiento de temáticas generadas a partir del golpe militar en Chile. La reciente novela de Sergio Infante retoma este tópico abundante en la literatura chilena de las últimas décadas y lo hace con una mirada reposada a través de la configuración del narrador. No cabe la menor duda que este tema no está agotado, sino que, por el contrario, se mantiene vigente por diversas razones históricas. En consecuencia, la novela gira en torno a un hecho crucial del devenir de nuestras vidas como país.

El tiempo y el espacio que aglutina los eventos narrados -el cronotopo bajtiniano- está centralizado en Unquén, un lugar sureño que esconde la historia de los protagonistas de la acción. Hace años que ha ocurrido el golpe con sus secuelas conocidas. El narrador viaja al lugar con el fin de indagar acerca de los hechos y confirmar algunas incertezas. El locutor de la historia es Lucho; él es quien maneja la voz narrativa y cuando le parece la traspasa a algunos de los otros personajes o actantes. La historia se va conformando sobre la base del recuerdo y este cuando se actualiza, se hace presente -en el sentido del tiempo verbal. Lucho es un exiliado político que ha vivido en Suecia junto a su pareja Berit, quien le acompaña a Unquén. El relato se inicia con una suerte de prólogo autorial donde se dice que la historia que “aquí se escribe comienza y termina en Unquén”. Efectivamente, así es. Como lectores/as nos vamos a adentrar en aquel espacio y tiempo que -a su vez- nos retrotraerá al momento histórico en que Lucho -como un joven de partido- es enviado a aquel lugar en los momentos álgidos de la revolución chilena. La figura de Benjamín entra entonces en acción conjuntamente con la de María Chila, su madre, que siempre lo creyó muerto o desaparecido. El relato se va desplegando como un abanico en que se intercalan relatos conexos que siempre tienen a Lucho como eje central.

Lucho como narrador es una figura que adopta diversas formas de expresión discursiva. Siendo el enunciante primario de la acción narrativa pasa de una perspectiva seria a otra hilarante o con ironía cuando va reconstruyendo la historia que no es otra que su vida y la de quienes van conformando su círculo inmediato. Este narrador se nos va revelando paulatinamente. Este es uno de los aciertos del relato. Cada cierto tiempo narrativo, Lucho interpela a Reñasco, quien pareciera ser un personaje clave en todo el asunto. La vuelta de tuerca el lector/a la encontrará casi al devenir el desenlace. Ramón Reñasco recibe de manos de Lucho -que no es otro que Horacio Marín- el manuscrito de una novela. De esta manera, lo que hemos leído es el relato que Reñasco ha sugerido a los editores. En una suerte de epílogo, Reñasco -en una imagen de la novela dentro de la novela- dice que “admito que la lectura de Unquén, el que espera despertó en mí unos sentimientos encontrados: por un lado, me atrajo la historia y especialmente la forma de novelarla; por otro, me incomodó -y me incomoda todavía- verme expuesto como el causante de amargas obsesiones”. Estas últimas del narrador primario. Todo lo anterior, dentro del juego ficcional que Sergio Infante (Reñasco) lleva cabo en este sobresaliente relato.

(Sergio Infante: Unquén, el que espera. Santiago: Catalonia, 2021. 169 p.)

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