La luna era mi tierra, por Eddie Morales Piña

El sobre conmemorativo lo tengo a la vista. En su costado izquierdo, hay una iconografía que muestra la nave en que descendieron Armstrong y Aldrin, como fondo el paisaje lunar y las imágenes de los tres astronautas: Armstrong, Collins y Aldrin. Y una gran inscripción: “Man`s first landing on the Moon” y la fecha “July 20, 1969”.

Eddie Morales Piña. Crítico Literario.

Desde que nuestro planeta Tierra existe nos ha acompañado como satélite natural la Luna. Siempre ha estado allí con sus fases de Luna nueva, creciente, llena y menguante. La Luna siempre ha sido motivo de inspiración para los poetas y para el arte en general. La Luna es como un espejo en que nos reflejamos los terrícolas y el satélite natural nos sigue impresionando, a pesar de que su superficie fue hollada por los pies humanos hace ya 50 años atrás y sus aparentes misterios fueron dilucidados por la ciencia y tecnología. Pero, sin embargo, la Luna sigue siendo lo que es: motivo de inspiración estética.

Desde que Luciana de Samósata un escritor sirio en lengua griega escribiera una historia de un viaje a la luna en la antigüedad clásica donde se nos describe a los selenitas, pasando por “De la Tierra a la Luna” de Julio Verne hasta la inolvidable serie televisiva de los años ochenta “Luz de Luna” protagonizada por Cybill Shepherd y Bruce Willis y muchas otras obras que la tienen como referente, el satélite que nos esconde una de sus caras se instaló en la creación artística para acompañarnos hasta el fin de los tiempos. La mitología griega la configuró como una diosa y el Romanticismo la tuvo como un motivo constante: -como no recordar las leyendas becquerianas. Y en la música no ha quedado rezagada sino que también está allí como expresión de los estados anímicos del compositor, como “Claro de luna” de Beethoven. Y tal es el poderío de la luz de Luna que transforma al hombre en lobo cuando hay Luna llena, según las diversas leyendas y tradiciones míticas que luego la literatura fantástica hizo suya. El séptimo arte, el Cine, la capturó tempranamente en “Le voyage dans la Lune”, la película muda de Georges Mélies de 1902 y como una metáfora está en “La Luna en el espejo” de Silvio Caiozzi en 1990. El poderío de la Luna también hace que se hable de lunático cuando un sujeto tiene una personalidad extraña o cambiante que varía de acuerdo a las fases. Del mismo modo, la frase “estar en la Luna” indica la percepción de estar ido en el tiempo y en el espacio.

Hace cincuenta años que la Luna fue visitada por los terrícolas por primera vez, ya que hubo otras misiones en el transcurso del tiempo. Pero la primera expedición de la tripulación del Apollo XI es la que se recuerda por lo que significó en la historia. Sin duda, los astronautas que bajaron del módulo lunar a la superficie del satélite no encontraron a los selenitas de Samósata. Después de un viaje de cuatro días, la tripulación se enfrentó a la Luna para descender dos de los cosmonautas el 20 de julio de 1969 promediando la noche de un día domingo. El suceso fue transmitido al mundo por la televisión. En mi hogar no estaba aún ese aparato que sólo algunos privilegiados poseían. Uno de mis vecinos del barrio donde vivíamos en aquel año abrió las puertas de su hogar y allí pudimos presenciar la hazaña de Neil Armstrong al pisar la Luna, seguido de Edwin Aldrin, mientras Michael Collins quedaba en el módulo de mando. Las palabras de Armstrong quedaron grabadas entonces en nuestra memoria y en la memoria colectiva de la humanidad.

Hace cincuenta años atrás era un adolescente interesado en todo lo que aconteciera en el devenir histórico, por eso que la llegada del Apollo XI no estuvo ajeno a mis inquietudes. Tal como lo he contado en crónicas pasadas, escribí a The Voice of America, con el fin de que me enviaran un documento que ahora es histórico: un sobre conmemorativo del viaje del hombre a la Luna con matasellos y estampilla ad hoc incluidos. Efectivamente, el matasellos, según decían, había sido llevado al satélite natural de la tierra y con él se marcarían los sobres conmemorativos. Pues bien, escribí y la respuesta llegó promediando el final del año del alunizaje, pues el sobre en que venía aquel otro, tiene en su parte posterior el timbre del correo de Casablanca con la fecha 26 de diciembre de 1969. Mientras que por el anverso, la identificación: United States Information Agency VOA The Voice of America. Washington, D.C. 20547; mis datos personales: Eddie Morales Piña, Chacabuco 202, Casablanca, Provincia de Valparaíso, Chile; y en el vértice superior derecho un timbre que entre otros datos dice “correspondencia diplomática”.

Grande sería mi alegría cuando abrí el sobre algunos meses después del alunizaje y me encontré con lo que había solicitado. El sobre conmemorativo lo tengo a la vista. En su costado izquierdo, hay una iconografía que muestra la nave en que descendieron Armstrong y Aldrin, como fondo el paisaje lunar y las imágenes de los tres astronautas: Armstrong, Collins y Aldrin. Y una gran inscripción: “Man`s first landing on the Moon” y la fecha “July 20, 1969”. Al centro los sellos correspondientes y en el margen superior derecho está la estampilla conmemorativa emitida por el correo norteamericano para el gran acontecimiento y que muestra a Armstrong descendiendo de la nave lunar. Yo había visto en vivo y en directo el descenso del astronauta en un televisor de un vecino, así que recibir algunos meses después del 20 de julio el sobre del alunizaje era para mí verdaderamente otro hito personal.

Han pasado cincuenta años desde ese suceso histórico que marcó la historia de la tierra. Armstrong dijo que había sido un pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la humanidad. Y yo tengo parte de esa historia, que se hace presente mediante este sobre, que ahora es un testimonio de una fecha imborrable. Y nuestro satélite natural sigue allí presenciando el acontecer de la humanidad. Termino la crónica con estos versos de Federico García Lorca que están en su “Romancero gitano”: “La luna vino a la fragua/ con su polisón de nardos/ el niño la mira mira/ el niño la está mirando…” (Pd. El titulo de la crónica es un guiño a la novela “La Luna era mi tierra” del escritor chileno Enrique Araya, publicada en 1948).

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