“César Vallejo no ha muerto”. Por Eddie Morales Piña

César Vallejo. Imagen desde https://www.zendalibros.com/wp-content/uploads/2018/03/cesar-vallejo-e1520701220255.jpg

Eddie Morales Piña. Profesor Titular. Universidad de Playa Ancha. Imagen referencial desde Zenda Libros.com

El poeta peruano César Vallejo (1892-1938), sin duda, que tiene un lugar preeminente entre los autores hispanoamericanos integrantes de la generación literaria de 1927 que tuvo su plena vigencia histórica en los “decisivos años de 1935 a 1949”. La obra poético-lírica del autor peruano lo sitúa como uno de los escritores relevantes del periodo superrealista de nuestra literatura. Prematuramente desaparecido, César Vallejo había alcanzado a los treinta y seis años de edad no sólo renombre en los círculos literarios de su patria, sino que también su indiscutible calidad como creador era reconocida a nivel universal. Se cumplen en 2018, ochenta años de su partida.

Nuestro poeta publicó en vida dos libros de poesía lírica, ambos en el Perú: “Los heraldos negros (1919) y “Trilce” (1922). Sus demás poesías, escritas durante los quince años que pasó en Europa, fueron publicadas póstumamente en 1939 con el título de “Poemas humanos”. Según Edelweis Serra, “dos núcleos emocionales propios de la afectividad vallejiana (sentimientos, voliciones) dinamizan su lírica: el desamparo y la fraternidad universal. El primero, fundamentalmente en “Trilce”; el segundo, básicamente en “Poemas humanos”. “Trilce” es el desamparo total, que vuelve en no pocos textos de “Poemas humanos”, y en éste ese desamparo abre a la fraternidad de todos los hombres, a la solidaridad en el dolor y en la muerte”.

La poesía de César Vallejo, esencialmente “Trilce”, se sitúa dentro de la gran tradición de la poesía superrealista que considera la creación lírica como una vía de acceso al fundamento de la existencia, a una realidad absoluta, confiriéndole a la poesía el carácter de un instrumento de conocimiento metafísico. Es una concepción de la poesía como reveladora del mundo personal, íntimo. La visión de mundo es predominantemente desoladora, en la que el ser humano es comprendido como un ser angustiado, que busca el sentido de la existencia en un mundo opresivo, caótico.

Ciertamente, la obra vallejiana sigue siendo altamente valiosa y representativa de su generación y de nuestra época, porque sitúa su atención en los problemas esenciales de la existencia humana. En tal sentido, la lírica de Vallejo puede ser leída desde la perspectiva del neohumanismo o humanismo antropocéntrico, según la expresión de Luis B. Eyzaguirre; sus textos poéticos ubican al ser humano en el centro del universo. El ser humano es predominante y el paisaje complementa, no determina, la situación del hombre. En la obra del autor peruano se encuentran temas cuyo tratamiento y presentación apuntan a la visión pesimista y vencida del hombre moderno, realidad que se expresa a través de conceptos recurrentes en sus diversos textos. Pero, por otra parte, existen temas en la lírica vallejiana que apuntan a una visión esperanzada de la existencia humana, conceptos que connotan la posibilidad de la salvación. Esta dualidad en el modo de concebir la realidad que funciona como ley estructural de los entramados poéticos de César Vallejo –realidad rechazada/realidad postulada-, configuran la singularidad del vate peruano, más aún si consideramos que partiendo de situaciones concretas, cotidianas e, incluso, degradadas, postula la universalidad y la trascendencia del existir humano.

Poemas humanos” es uno de los poemarios póstumos de Vallejo (el otro es “España, aparta de mí este cáliz” que versa sobre la guerra civil española). El volumen se terminó de imprimir en su primera edición el 15 de julio de 1939. El título está en consonancia con el contenido de los poemas, ya que “corresponde perfectamente a la tonalidad humana del conjunto de la colección específicamente definida en uno de sus poemas claves, “Los nueves monstruos”. El poemario nos revela el alma de Vallejo al desnudo, produciendo en el ánimo del lector una impresión semejante a la que él tuvo al presenciar una estatua de San Bartolomé martirizado en Milán: al leer los poemas “parece estar viéndose su alma como se ve el cuerpo de San Bartolomé (…) por el derecho y por el revés, despellejada, doblemente desnuda. Y se siente la fascinación de mirar en el espíritu de un Vallejo en trance de agonía, y al mismo tiempo se siente pudor de estar mirándole hasta los más íntimos recesos del alma”. Así comienza el mencionado poema que dejamos a los lectores:

“Y, desgraciadamente,/ el dolor crece en el mundo a cada rato,/ crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,/ y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces/ y la condición del martirio, voraz,/ es el dolor, dos veces/ y la función de la yerba purísima, el dolor/ dos veces/ y el bien de ser, dolernos doblemente./ Jamás, hombres humanos,/ hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la/ cartera,/ en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!…”

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